jueves, 25 de noviembre de 2010

LA PROMESA: LA LEYENDA DE ZUBERI - 17

Capitulo 17: De Cómo Nació Zuberi.

El hacha apenas rozó la perla de la frente de Zuberi, apenas instantes después de que Abrafo comenzara a sentirse débil, triste y melancólico. Había perdido a su hermano, que en realidad había nacido de una madre diferente a la suya, pero su padre había sido el mismo suyo: Bbwaddene. De él heredaron lo veloces y fuertes. También aquel don espiritual que les permitía usar armas espirituales, demoníacas y humanas, porque su padre había sido un Espíritu que se había ligado con un universo demoníaco, al que enviaba a todas sus víctimas de asesinato. Pero lo más maligno que les heredó fue su amor por La  Luna. Sin embargo sólo él mismo, Abrafo, había logrado amarla y enamorarla. Pero ya ella había muerto, al igual que su hermano menor. Estaba solo.

Además, Asita lo asesinaría en cuanto lo encontrara. Había atentado contra su Líder y él muy pronto lo cazaría. "Probablemente ya esté por venir", pensó. Sería su fin. Ya no tenía nada, tan sólo enemigos. ¡Qué tristeza! Él, que llegó a tener todo lo que quiso, ya no tenía nada. Qué patético se había vuelto. Pero todo era culpa suya. Nadie le había obligado a perder a la mujer que amaba. Su debilidad y torpeza fueron las que lo hicieron perder todo: él descuidó el amor de Amara, él envió a su hermano a la muerte y él permitió que Zuberi siguiera luchando, al no vencerlo antes. Además había perdido a Kerneels, su espada, que terminó en manos del invasor, siendo la herramienta que fulminaría a su padre y a Kamaria, La Luna. Él, Abrafo, tan sólo era un inútil perdedor, un débil fracasado, una escoria más.

Soltó su hacha y cayó arrodillado frente a la encarnación de La Fuerza, aún viéndolo a los ojos y se sintió aún más y más débil.

Zuberi se puso de pie, cansado y herido, y susurró a sus adentros:

-Al menos no heredaste los ojos de tu padre.

Como si fueran suyos, había visto aquellos pensamientos de Abrafo al tiempo que usaba la habilidad de su ojo verde, aquel que le había heredado su madre, para inducirle sentimientos de culpa, tristeza y debilidad. Acababa de aprender a usar aquel don dormido. Después de todo, sí era el hijo de La Luna.

Tomó a Abrafo por sus cuernos, usando ambas manos, lo vio directamente a los ojos y le asestó un cabezazo: su perla golpeó a la de él, rompiéndola en mil pedazos. Luego le soltó y observó cómo su piel se volvía negra como la suya propia y desaparecían sus cuernos. Y así fue como Abrafo se convirtió en un humano común y corriente.

Zuberi se irguió mientras sus hermanos le aplaudían por su victoria, pero él no sonría. Sentía lástima por aquel hombre que, derrotado y humillado, gemía tirado en el suelo. Pero lo que más le dañaba era aquel sentimiento de ira que lo llenaba al pensar en todo aquello que le habían escondido, en lo que su amada le había ocultado durante tanto tiempo.

Ella corrió hacia él, necesitaba saber si estaba perfecto o, si en el caso contrario, lo habían herido demasiado.

-Amor, ¿estás bien?- le preguntó jadeando cuando estuvo frente a él.

El joven alzó la vista y la miró a los ojos. Los de él estaban bañados en rabia, los de ella en terror y tristeza.

-¿Por qué?-le preguntó él a su vez- ¿Por qué escondiste todo eso? Abrafo pudo haberte encontrado hace mucho, y arrasar con nuestra tribu. ¿Quién te crees que eres para poner en riesgo la vida de una aldea entera?

Ella, llorando, le respondió:

-Al principio sólo buscaba un lugar para esconderme un tiempo. Después te conocí y quise olvidarlo todo, ¡porque me enamoré de ti! Quería casarme contigo, hacer una vida a tu lado y que fuésemos felices juntos. A medida que pasaba el tiempo era más difícil explicarlo todo, además de que no me ibas a creer. Pensé que Abrafo no me encontraría y así fue como decidí que el pasado no tenía importancia. Si no me había hallado hasta entonces no pensé que lo haría después. No sin ayuda. Yo sólo deseaba estar a tu lado. Entonces te fuiste a buscarlos y me quedé callada, albergando la esperanza de que no los encontraras, que no tuvieses que enfrentarlos, así regresarías y estaríamos juntos. El peligro que corrías era inminente, ningún humano hubiese sobrevivido. Sé que tú lo sabes. Por favor, perdóname. Mi único error fue querer tenerte a mi lado siempre.

Zuberi la observó fríamente y replicó:

-Aún así, me mentiste. Arriesgaste a toda la aldea por una creencia. A todos ellos, que te recibieron como parte de esta gran familia, mi gran familia. Permitiste que me fuera a enfrentarme ciegamente contra el mundo, encarando una misión que tú misma pensaste que era imposible. Y deseaste que fuera un perdedor más. No te importaba que volviese siendo un fracasado, con tal de tenerme aquí contigo. Bien sabes lo que significaba fallar en una misión tan importante. ¿ACASO NO PENSASTE NUNCA EN MI VIDA?

Las lágrimas de Amara seguían corriendo, sin que ella pudiera hacer algo para evitarlo. Nadie más se movía en toda la aldea. Sólo se escuchaba la respiración entrecortada de la chica y el deprimente lamento de Abrafo. Entonces un sujeto apareció caminando lentamente, cubierto con mantos de tal forma que no se le veía ninguna parte de su cuerpo. A su llegada las llamas se extinguieron instantáneamente.

-¿Así que ahora tú eres La Muerte?- dijo el sujeto, sin que se pudiera ver ni un poco de su piel aún.

El guerrero reconoció la poderosa voz.

-¿Padre?

Era Asita, allí en frente de todos, pero totalmente cubierto, como si padeciera alguna horrible enfermedad de la piel.

-Hijo- le respondió-, observa tu frente, muchacho.

Zuberi buscó el espejo y se asomó en él. La joya que adornaba su frente ya no era totalmente blanca: la mitad de la misma se había vuelto negra.

-Primera vez que veo algo como esto, Zuberi. Acabas de arrebatarle su condición de Encarnación. Además ahora también eres en parte Demonio. Una negruzca perla brilla en tu nuca, la que antes poseía Abrafo. Ahora eres La Fuerza y La Muerte. Bajo estas circunstancias, nuevamente te insisto: debes volver a tu mundo original.
-Explícame: ¿por qué si soy una Encarnación me abandonaron aquí cuando nací?
-Una gran diferencia entre Encarnaciones y Espíritus es que los primeros pueden renacer una y otra vez, los segundos mueren para siempre. Ya fuiste La Fuerza una vez, Zuberi. En aquel entonces viviste con Malaika, la más semejante a ti. Pero cuando me capturaron, tú lo supiste e intentaste vencer a quienes me traicionaron. Pero fuiste asesinado por aquel triste ser que acabas de derrotar. Luego simplemente renaciste aquí, como un humano en medio de esta aldea. Así mismo le ha pasado a Lesedi, La Luz, ¿recuerdas la niña que mataste? Debe haber renacido en algún lugar de este mundo, pues no renació en el Arjana. Pero ya volverá, aunque pierda la memoria al renacer, sabrá regresar a su hogar por instinto, como tú. Ella e Imoo, su compañero, sospecharon de Abrafo, pero fueron los únicos que se atrevieron a cuestionarlo. Renacieron en el Sendero hace poco y a tu llegada ya estaban creciendo nuevamente. Las Encarnaciones superan la niñez muy rápidamente, mientras que el resto de la juventud les es casi eterna. En fin, después de que aquellos valientes encararan a La Muerte, Nawvlee y muchos otros demonios los asesinaron para proteger el secreto de Abrafo, evitando problemas para los traidores. Sólo Ramla(El Adivino) y yo sabíamos todo esto desde antes de que me encerraran. Por eso el resto creyó que simplemente me había desaparecido.
-Sí tus palabras son ciertas, ¿por que permitiste todo esto?- preguntó el hijo.
-Ramla me contó sobre estos hechos. Permití que sucedieran para deshacerme de Abrafo, hace mucho que causaba problemas. Sabía de antemano que lo vencerías. Perder a su amante serviría a tu madre de escarmiento por su traición. Por cierto, ella está bien. Abrafo la vió desangrarse y, suponiendo su muerte a tus manos, dejó de observarla y se dedicó a cazarte. A ella la encerré en el Sendero del Arjana. Para recordarle su traición, vivirá en el lado en que descansa el cadáver de Bbwaddene (que se está transformando en algo que decidí llamar "tinieblas"). Mientras, yo viviré en la otra mitad. Esto es justicia.

El joven guerrero escuchó aquella explicación y respondió, tras una ligera pausa silenciosa:

-Así que permitiste que me mataran, que murieran Lesedi e Imoo, que Amara y mi madre sufrieran, que pasáramos hambre nosotros y el resto de los seres humanos, que tantos de esta aldea murieran buscando alimentar a su pueblo, rescatándote de tu prisión. ¿Tanto dolor y sufrimiento, por capricho tuyo?
-Era necesario. Ahora la vida aquí mejorará con mi regreso, y he logrado librarme de Abrafo.

Zuberi le miró interrogativo, molesto. Estaba indignado.

-¿Por qué no lo mataste tú mismo, oh, Gran Líder?- le cuestionó Amara, quien aún lloraba.
-No soy capaz de matar a mi propio hermano.

Su hijo abrió los ojos totalmente, como grandes lunas llenas, y el sujeto continuó hablando:

Sí, Zuberi: Nawvlee, Abrafo y yo somos hijos de Bbwaddene. La Noche: la nada y la oscuridad, fueron primero que todo lo demás. Además, Amara, también pensé en ti en todo momento: en cuanto supe que esto sucedería, le prohibí a Ramla hablar del futuro. De hecho le borré casi toda su memoria sobre el futuro tras mi captura. Así Abrafo jamás te hubiese encontrado antes del momento indicado, cuando mi hijo estuviera listo para defenderte. Si bien perdiste al hombre que amaste hace tanto, ahora amas a otro que te hace aún más feliz y cuyo corazón te ama a ti. Para pagarles por todo lo que he hecho, y lo que han conseguido ustedes, les tengo una oferta: Zuberi, ahora que eres La Muerte, te invito a que ocupes la Visita que perteneció a Abrafo, donde vivirás con Amara, claro. ¿Qué dicen?

Toda la aldea se sumió en el silencio por unos minutos. La Fuerza y La Gracia se miraron a los ojos, al fin podrían estar juntos y en paz. Zuberi giró de nuevo hacia su padre y le dijo:

-No pienso vivir con ella. Ya me escondió cosas una vez, podría mentirme en otro momento.

La mujer continuó su lamentable llanto, rogando a su amado que cambiara de opinión. Asita se sintió conmovido, y ese sentimiento guió sus palabras:

-Todos aquí sabemos que aún la amas. Serán felices juntos y ella no te fallará. Lo que te ocultó ya no tiene mayor importancia. Tú sabes que quieres perdonarla y vivir a su lado. No tienes nada que perder. Ella te hace feliz. Incluso sabemos que en su posición tú habrías hecho lo mismo. No desperdicies tampoco tu potencial, ahora eres humano por nacimiento, Espíritu por don y Demonio por herencia. Un guerrero único. Sustituyes a Abrafo, pues eres aún más capaz, hábil y poderoso. La humanidad te alabará por siempre gracias a lo que has hecho. Fama, amor y felicidad, ¿qué más podrías pedir? Ahora dime, ¿qué te dice tu corazón, hijo?

Zuberi cerró los ojos y pensó cuidadosamente en todo lo que había sucedido y en aquello que sentía. Varios minutos de reflexión le tomó saber qué es lo que en verdad quería, pero finalmente tomó su decisión. Observó todos los obsequios, a su padre, a su pueblo natal, y a su amada, luego gritó a todos:

-Siempre luché por mejorar la vida de mi aldea, ¡mi familia! Así que hoy decido seguir haciéndolo: si me lo permite Duna, aceptaré la oferta de mi padre: El Sol.

Amara cesó inmediatamente su llanto y contempló al jefe de la tribu, que apareció de entre la gente, vitoreando. Entonces, sonriendo, declaró su aprobación. La gente salió de todas partes saltando y exclamando alegres cánticos en nombre Zuberi, porque aunque los abandonaba, aquel campeón les dejaba dicha y prosperidad, y al tomar aquella decisión, él conseguiría su propia felicidad.



Y así, La Encarnación de La Fuerza, y de La Muerte, ocupó la Quinta Visita con su amada, La Gracia. A partir de ese momento, ellos decidieron cuáles humanos serían fuertes, cuáles hermosos y cuándo éstos debían morir. 

El protagonista de esta historia devolvió la poderosa espada Kerneels a Asita, El Sol, contento, pues sabía que no la necesitaría más.

Abrafo fue humillado y abandonado por todos, obligado a desaparecer para siempre.

El verde collar que le obsequiaron a Zuberi comenzó a echar raíces, entonces su dueño lo sembró, dándole vida a los primeros tréboles de cuatro hojas.

La Luna fue encerrada en el lado oscuro de El Arjana(entre las tinieblas), mientras que Asita, El Sol, iluminó el resto del laberinto. Desde entonces el cielo se turna entre el día y la noche. Las gotas de sangre derramadas por Agwang se convirtieron en las estrellas que resplandecen en el manto celestial, acompañando a La Luna, que a pesar de su castigo, de vez en cuando se asoma en el día para observar a su antiguo amado, sin poder alcanzarlo jamás.





BlackJASZ

martes, 23 de noviembre de 2010

LA PROMESA: LA LEYENDA DE ZUBERI - 16

Capítulo 16: De Cómo El Verdugo Saboreó La Victoria

-¿Cómo llegaste aquí, Abrafo?
-Sencillo: cuando sané, volví al mirador del cielo. Mataste a Bbwaddene, ¡infeliz! ¿Pero, cómo pudiste matar a Agwang?- le preguntó con enojo-. ¡Era tu madre!

Zuberi se sintió aturdido. Al instante cuestionó:

-¿Cómo lo sabes?
-Sé más de lo que tú puedes imaginar. En fin, cuando liberaste a tu padre él te envió aquí, así que salí a través de la arena de la cueva por la que tú llegaste, aquella que sirve de tumba a Nawvlee. El resto fue simplemente seguirte hasta aquí.
-¡Desgraciado!-rugió Zuberi.

Abrafo rió y luego mostró un hacha de gran tamaño que portaba en su espalda.

-Es hora de ponerle fin a esto- declaró.
-¡Basta!- gritó Amara desde lo lejos, al tiempo que se acercaba a Abrafo.
-¡Vaya! Miren quien está aquí. ¿Tu eres su prometida?- preguntó irónicamente el invasor, antes de burlarse.
-Así es, soy yo.
-¿Por cuánto tiempo te busqué?- le preguntó el verdugo-. Y aún sigues siendo la misma.

Zuberi se sintió aún más confundido, y quienes discutían lo notaron, así que su enemigo le dijo a ella:

-¿Por qué no le cuentas a tu enamorado toda la verdad? Sucia mentirosa.
-¿Amara?- preguntó el joven guerrero.

Ella le observó con ojos tristes y arrepentidos, mientras él la observaba dubitativo, interrogativo. Finalmente ella abrió la boca para explicar, al tiempo que el verdugo se mofaba de la situación:

-Yo te amo, Zuberi. Pero tuve que esconderte muchas cosas todos estos años, por mi seguridad y la tuya. Temía por tu vida en tu viaje, porque sabía que probablemente lucharías contra Abrafo y muchas otras encarnaciones muy poderosas. Las conozco a todas, incluso conocí personalmente a La Luna, La Noche y a El Sol. Esto es porque...

Interrumpió la explicación, tomó aire y tocó su frente, luego prosiguió:

-Yo también soy una Encarnación.

Zuberi abrió los ojos, impactado. No podía creer lo que había escuchado. Intentó preguntarle sobre el tema, pero su boca no emitía ningún sonido.

-Así es. Soy la representación de "La Gracia", de la Quinta Visita. Abrafo era mi esposo.

Su enamorado calló arrodillado sobre el suelo. No quería aceptar aquella situación, pero las carcajadas del verdugo denotaban que todo era cierto Vio lágrimas surgir de los ojos de Amara y supo que no quería escuchar más, pero no la interrumpió tampoco. Entre sollozos ella continuó hablando:

-Al principio, él era bueno conmigo. Pero se volvió una bestia. Intentaba golpearme a veces y me gritaba constantemente. Llegué a temerle. Luego supe cosas horribles y espantosas. Lo descubrí engañándome con Kamaria, ¡tu madre, Zuberi! Con ayuda de Bbwaddene ejecutaron un plan sucio y traicionero como el mismo Abrafo: capturaron y encerraron a Asita, El Sol. Creo que La Luna le hizo sentir triste y débil usando su hipnosis, por lo que no pudo salir de su cárcel hasta tu llegada. Yo huí en cuanto se desató el desastre. Me escondí durante tanto tiempo... Incluso mi perla despareció. Luego de eso decidí unirme a una tribu, entonces encontré tu aldea. Duna e Imamu decidieron aceptarme como parte de este mundo, a cambio de ayudarles en sus labores. El resto de la historia la conoces ya.

Zuberi sintió que su cabeza estallaría. Eran demasiadas ideas juntas, cada una más terrible que la anterior.  Apretó un puñado de tierra para descargar la impotencia y la rabia. El verdugo le observó sonriente y luego dijo a la mujer:

-Te busqué durante años, Amara- explicó Abrafo con seriedad y aplomo, una vez que dejó de reír-. Pero no te encontré por ningún lado. Además, ese idiota de Ramla se negó a ayudarme. "Lo tengo prohibido", repetía una y otra vez. ¡Inútil! ¡Y tú! Sólo eres una tonta más.
-¡Te odio! ¡Te odié en aquel entonces y aún te odio ahora! Eres un cruel traidor y nunca dejarás de serlo. Seguramente tú y Kamaria aún mantienen su relación a escondidas.
-¡Es correcto! ¡Y es una estupenda amante!- dictaminó, sonriéndole a Zuberi nuevamente.
-¡IMBÉCIL!- gritó la joven.

El representante de La Fuerza se levantó rápidamente, empuñó su espada y caminó hacia Amara, a la que le susurró en el oído:

-Tú jamás fuiste quien yo creí que eras. Llamas "cruel traidor" a esta asquerosa rata, cuando tú traicionaste mi confianza y mi amor por ti. Mentirosa.

El odio en su voz hizo que la chica llorara con mayor estridencia aún. Luego, Zuberi vió a Abrafo a los ojos, e iracundo, apretó el mango de la espada. Se acercaron el uno al otro y comenzaron a luchar. Ambos eran mucho más poderosos y ellos lo notaron de inmediato. Saltaban chispas de sus armas cada vez que se estrellaban.

-Ahora que luces una perla en tu frente como nosotros, ¿qué encarnación eres? ¿El Desastre? ¿El Caos?- se mofó La Muerte.
-La Fuerza- respondió el joven.

Siguieron peleando. Zuberi se agachó para esquivar un corte hacia su cara y contraatacó lanzando una estocada, pero Abrafo saltó hacia un lado, luego intentó cortarle un brazo a su contrincante, que se desplazó hacia atrás y luego le propinó a La Muerte una patada en un costado. Éste tosió unos segundos, mientras se alejaba, iracundo. Zuberi sonrió y luego fue a atacarlo nuevamente, pero su enemigo agitó su hacha fuertemente hacia él, que tuvo que contener el ataque usando de escudo la hoja de la espada. El impacto fue tan grande que lo sentó en el suelo, dándole tiempo a Abrafo para lanzarle otro corte hacia la cabeza, que Zuberi detuvo con el dorso de su espada, y varios segundos se mantuvieron así, forcejeando. El arma del semi-demonio comenzó a enrojecerse y a exhalar calor, hasta que pronto pareció arder.

-¿Te gusta?-preguntó el verdugo-. La hice con los restos de Gazini y de Nisnit, que fueron mi arma predilecta y la de mi hermano. Es el símbolo de nuestra venganza. ¿Mucho más poderosa cierto?
-Así es-afirmó Zuberi-. Pero esta espada es mejor.
-Se llama Kerneels, significa "Poderoso". Se la quité a quien la forjó: tu padre, el mismísimo Sol. Le dio vida a partir del hierro que corrió en la sangre de todos sus enemigos, los guerreros que enfrentó y los que llegaban a Las Visitas. Esto la convierte en un arma humano-espiritual. Se fortalece automáticamente con cada muerte que causa. ¡Incluida la de mi hermano!

La batalla se hizo más y más peligrosa para los espectadores, pues las chispas que arrojaban los choques de las armas se hacían cada vez mayores y más frecuentes. Esto llegó a tal punto que el pasto que había en el terreno, que estaba seco, comenzó a incendiarse y el suave fuego comenzó a propagarse lentamente. Aquellos que se habían limitado a observar de lejos, intimidados y asustados, corrieron para tratar de apagar las nacientes llamas.

La situación se había vuelto un desastre, y el combate estaba alcanzando una intensidad desorbitante. Cada vez se atacaban con más ira, con más emoción, y mucho más rápidamente. Se escuchaba zumbar el aire con cada corte que le hacían ellos, tratando de matarse desesperadamente. Zuberi se desplazaba de un lado a otro, procurando evitar la gran hoja del hacha, mientras Abrafo se abalanzaba sobre el joven, buscando acabarle. Los ojos de ambos ardían en pasión por la destrucción de su contrincante, haciendo que quienes les rodeaban empezaran a temerles. Aquello era la danza de la sangre, un ritual de defunción.

Pero pocos minutos más fue lo que duró tan descarriada batalla. La habilidad de Zuberi era un poco mayor que la de su contrincante, aunque Abrafo tenía mejor condición física, además, su rojizo cuerpo no tenía heridas gracias a su armadura, mientras que Zuberi sangraba por distintas partes de su cuerpo. Y fue esto lo que lo debilitó hasta que Abrafo logró causarle una herida grave en su tronco. El joven cayó arrodillado y abatido. Alzó la vista hacia su enemigo, que reía al sentirse victorioso. Él alzó su hacha nueva sobre su cabeza y se preparó para dejarla caer sobre su némesis, pero antes de hacerlo le preguntó:

-¿Reconoces esta situación? Le haré honor a mi nombre.

Cuando el verdugo dejó caer su arma, Zuberi pudo escuchar el zumbido del aire al ser cortado y a lo lejos a Amara gritando desesperadamente. Mientras el letal filo descendía fugazmente, observó a Abrafo a los ojos, y pudo sentir su euforia, aquella alegría que se siente al vencer a tu enemigo para siempre.




BlackJASZ

sábado, 20 de noviembre de 2010

LA PROMESA: LA LEYENDA DE ZUBERI - 15

Capitulo 15: De Cómo Asita Dejó De Amar A Kamaria Y De Cómo Zuberi Entiende Su Vida.


-No te preocupes hijo, estaré bien.

Zuberi dejó caer su espejo y su arma, luego avanzó hacia ella.

-Déjame aquí-pidió ella-. No te inmutes.
-Dejaste que te atacara tan fácilmente, cuando podías haberme matado tú- preguntó él-. Sólo me miraste mientras yo atravesaba tu hombro con mi espada.

Ella le observó sin decir nada, sonrió y gimió por el dolor. El joven corrió en su socorro, pero ella le observó fríamente, obligándolo a detenerse.

-¿Nunca te has preguntado porqué eres tan fuerte, Zuberi?- susurró ella.

Él la observó en silencio, sin mover ningún músculo, esperando pacientemente la respuesta, que vendría sola:

-Eres mi hijo. Bajo mi forma humana mi nombre es Kamaria, el nombre de La Luna, así me conoce tu pueblo. A su vez, tu padre es conocido como Asita, El Sol, él es la encarnación más poderosa que existe. Él dejó de amarme hace mucho. No lo pude soportar y lo encerré con ayuda de Bbwaddene, el pobre Espíritu que hace mucho que estaba enamorado de mí. Pero no era recíproco. Sin embargo, me ayudó a vencer a tu padre y encerrarlo en su actual prisión a escondidas de todos, pues, aunque ya no me quiere, es muy posesivo así que nunca permitiría que yo me enamorase de otro. Por eso tuve que hacer lo que hice...
-El problema es que después de eso, todo aquí se ha vuelto un desastre, ¿cierto?-interrumpió el visitante- Todo está fuera de control. El Sendero del Arjana, el "Camino del Cielo", y ahora afuera sólo la luna se asoma. Por eso siempre es de noche.

Ella no hizo siquiera ademán de responder, así que el hombre continuó hablando con firmeza:

-Así fue como Adwar quedó al mando, pero algunos no la respetan y dejan de hacer caso a las normas, como Abrafo. Allá en mis tierras hace mucho que no amanece. ¡Mi gente está muriendo por tu culpa! Las cosechas perecen sin su luz, ya no llueve y cada día es más frío. Excepto aquí, que el calor es insoportable.
-Eso es porque estás cerca de tu padre. Sé que hice mal, ¡pero entiéndeme! Tanto tiempo sufriendo... ¡Tenía que hacer algo! Por mi propio bien.
-¡Tu propio bien ha traído muerte a mi pueblo! No puedo permitirlo.
-Hijo mío..
-¿Dónde está mi padre?

Kamaria, La Luna, no le contestó de inmediato. Allí en el suelo, se estaba desangrando muy lentamente. Sabía que había hecho mal y era hora de repararlo. Debía decirle a su hijo el paradero de su padre.

-El árbol gigante- dijo finalmente-. Es el centro del laberinto. El Gran Árbol, cuyas raíces nutren y sostienen el Arjana.

Zuberi la observó con el ojo que había robado, y luego abrió el suyo propio. Tomó su poderosa espada, dio media vuelta y se marchó lentamente.

-Heredaste mis ojos, y ahora cambiaste uno tuyo por uno de Bbwaddene- le gritó ella desde el suelo-. Serás aún más poderoso de lo que ya eres. Salvarás a tus mundos, a ambos.

El joven siguió marchando sin voltearse. Sabía que ella se recuperaría, pero para entonces él ya estaría muy lejos.

Minutos después se hallaba frente a El Gran Árbol. Se acercó a éste y sintió el poderoso calor que emanaba. Cuando tocó su superficie se quemó levemente. Supo que su madre no le había mentido. Tomó su espada y la clavó con fuerza en la corteza y comenzó a arrancarla rápidamente, a pesar de que su grosor era semejante al largo de la hoja del arma. Una intensa luz provenía del interior del árbol, y se intensificaba a medida que Zuberi progresaba en su faena.

Finalmente un trozo enorme de corteza se desprendió y una oleada de calor despidió al joven por los aires, sentándolo a unos metros de distancia sobre el duro suelo. Mientras se levantaba, la luz se hizo tan fuerte que le obligó a cerrar los ojos y a cubrírselos con las manos. Una poderosa, profunda y resonante voz retumbó en todo el Sendero del Arjana, con tal estridencia que incluso Ramla pudo escucharla:

-¿Zuberi, ah? Tardaste mucho en llegar, hijo mío.

Sin poder verlo aún, Zuberi le dijo:

-¿Padre? He venido hasta aquí porque mi pueblo muere de hambre. Desde que mi madre te encerró todo ha sido un desastre.
-Lo sé, hijo. Pero tú me has liberado. Sanaré a tu pueblo. Vivirán tranquilos, como antes. ¿Sabes? Al igual que yo, tú también deberías ocupar tu verdadero lugar.
-¿Mi verdadero lugar?- preguntó el joven, sin poder abrir los ojos aún.
-Tú, Zuberi, eres una encarnación. Tu nombre significa "Fuerza". ¿Nunca te habías preguntado porqué eras tan poderoso? Mucho más que cualquier hombre que haya existido. Tu lugar es aquí. ¿No te dijo tu madre nada al respecto?


Zuberi no dijo nada, pero reflexionó unos segundos y recordó que su madre le había dicho algo sobre "ambos mundos", en el momento en que él le dio la espalda y marchó hacia la prisión de su padre. Asita, El Sol, continuó hablando:

-Debes volver a tu verdadero hogar: La Sexta Visita, junto a Malaika. Ella será tu esposa.

La última frase retumbó en su cabeza. Asita quería que se mudara a su mundo, que abandonara todo lo que había dejado atrás cuando marchó hacia su destino. Recordó todo lo que Agwang, su madre, le había hecho pensar y sentir con aquella hipnosis. Sabía que probablemente muchas de esas cosas eran verdad, como que quizá Amara se había cansado de esperarlo. No habría sido la primera vez que un hombre no volvía a la tribu y su prometida cambiaba de amante al poco tiempo(con misiones como la que él estaba desempeñando eso era algo muy común, la suya había sido de otros que fracasaron en sus momentos).

Pero él sí podía volver. Llevaría el éxito consigo porque había logrado su objetivo, que muchos otros ansiaron conseguir: el retorno de El Sol. Ahora las cosechas volverían a producir, los ríos y mares brillarían como antes, las nubes danzarían en el cielo, trayendo la lluvia de vida. Sí, Zuberi podía volver tranquilo, no era un perdedor.

Seguramente su pueblo le recibiría con felicidad, honor y gloria. El gran héroe que salvó a su mundo. Un ser nacido con dotes especiales en un mundo diferente, criado en una tribu de hombres y mujeres que lo cuidaban por igual. Allá jamás tuvo un padre o madre determinado, pues los suyos propios estaban en el Arjana, sin embargo todos lo fueron, nadie tuvo tantos padres y hermanos como él. Pensó en Amara, quien lo amaba de verdad y confiaba en él, ella confiaba en que él regresaría, creía en él. Entonces él también confió en ella y sintió que Amara aún le esperaba.

-¿Mi esposa? Mi esposa será Amara, mi mujer. Estoy comprometido con ella. Me recibirá allá en mi tierra, ahora que tú has vuelto, yo debo regresar en paz a mi tribu. Me recibirán como el héroe que salvó a su pueblo. Oh, padre y líder de este mundo, ¿no puedo acaso irme de aquí y volver con mi amada?

Sentado en el cálido suelo del Sendero del Arjana, aún sin poder abrir los ojos, el joven pidió volver a su vida. Sabía que aquel Espíritu tenía potestad sobre su destino, las creencias y las historias de su pueblo habían dejado claro que a seres como aquel había que obedecerlos. Y después de todo, él salvaría a su gente, no debía ofenderle. Más aún, pensó, él era su padre.

-¿Crees que ellos te considerarán parte de su tribu, sabiendo que tu procedencia es otra, que no eres un hombre como ellos? No eres un simple humano, hijo, eres la Encarnación de La Fuerza. Tu lugar es aquí, junto a las demás Encarnaciones. Además, ¿qué sucederá cuando tu mujer muera? Su vida será infinitamente más corta que la tuya.
-Pues la cuidaré tanto como pueda y la amaré hasta el día en que tenga que separarme de ella-declaró Zuberi, firme en su pensamiento. De todas maneras algún día la muerte los separaría, si su destino era perderla pues él lo aceptaría, pero lucharía por estar con ella cuanto pudiera y complacerla en todo lo que estuviera a su alcance- Seremos felices juntos tanto tiempo como nos sea posible. En cuanto a mi pueblo, sé que ellos me aceptarán como el hijo que soy por crianza. No les esconderé mi origen, porque sé que no cambiarán sus sentimientos por mí.

Asita le observó dubitativo. Su descendiente, que estaba sentado en el suelo, cubriéndose los ojos indefensamente, no era un niño.

-Puedes irte, hijo. Eres libre de tomar tus decisiones. Te agradezco por liberarme de mi prisión.

Entonces Zuberi sintió como si un pequeño punto de su frente ardiera: Asita, El Sol,  le había tocado. Luego abrió los ojos, y descubrió que estaba solo, sentado en la arena del desierto, que ya no estaba en el laberinto. Alzó la vista y observó por primera vez al gran astro, brillando fuertemente en el cielo. La oscuridad en la que había sido criado se había disipado, era de día.

Se puso de pie y miró a su alrededor. Allí estaban su bolso de piel, su arco, su daga, su lanza, su collar, su espejo y su hermosa espada. Además había algo de comida. Se sentía extraño, pero estaba feliz. Por fin podía regresar. Tomó todas sus cosas, comió, sonrió a su padre y marchó de regreso hacia su tribu.




Finalmente veía sus tierras. Su corazón latía fuertemente mientras se aproximaba a ellas. Pronto lo verían sus seres queridos y saldrían a recibirlo.

Los primeros en notar su regreso fueron Imamu y Amara: su líder espiritual y su prometida. Ella corrió a sus brazos e Imamu le esperó de pie, junto a las pocas cosechas que habían estado recogiendo. Un largo beso unió a aquellos que aún se amaban locamente, al tiempo que la emoción, el regocijo, la complacencia y el más puro los cariños embalsamaba a los jóvenes en un tierno abrazo.

Se observaron a los ojos. Zuberi la vio aún más hermosa que cuando la había dejado, quizá por el largo tiempo que ansió verla de nuevo, quizá porque la quería aún más. Ella le estudió cuidadosamente, acariciando su rostro.

-¿Qué le pasó a tu ojo derecho? Ya no es verde, sino negro. Además, tu cuerpo arde como si tuvieras fiebre.  Por cierto, qué hermosa la perla que adorna tu frente. Aunque está aún más caliente que tu piel.

Zuberi no había notado aquel último detalle, pero sabía muy bien porqué estaba allí: era la prueba definitiva de su travesía: el regalo de su padre.

-Te explicaré todo ahorita, pero primero pediré a Duna que convoque a una reunión. Todos deben saber lo que ha sucedido.

El líder de la aldea, al igual que todos los que la habitaban le recibieron como a un héroe, le felicitaron y abrazaron, y pronto se sentaron todos a su alrededor para escuchar su historia y admirar los místicos regalos.

Al terminar el relato todos le aplaudieron desde el suelo, excepto alguien que se puso de pie y caminando hacia él gritaba irónicamente:

-¡Bravo!¡Bravo!¡Qué magnífica historia!

Aquel ser vestía una hermosa armadura negra que le cubría todo el cuerpo, excepto su cabeza. Zuberi reconoció de inmediato su piel rojiza, su rostro iracundo y sus pequeños cuernos maliciosos.

-¡Abrafo!- le saludó impaciente, al tiempo que desenvainaba su espada.




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