domingo, 25 de octubre de 2009

Grandes Escritores - No. 4: El Gato Negro

No espero ni pido que alguien crea en el extraño aunque simple relato que me dispongo a escribir. Loco estaría si lo esperara, cuando mis sentidos rechazan su propia evidencia. Pero no estoy loco y sé muy bien que esto no es un sueño. Mañana voy a morir y quisiera aliviar hoy mi alma. Mi propósito inmediato consiste en poner de manifiesto, simple, sucintamente y sin comentarios, una serie de episodios domésticos. Las consecuencias de esos episodios me han aterrorizado, me han torturado y, por fin, me han destruido. Pero no intentaré explicarlos. Si para mí han sido horribles, para otros resultarán menos espantosos que barrocos. Más adelante, tal vez, aparecerá alguien cuya inteligencia reduzca mis fantasmas a lugares comunes; una inteligencia más serena, más lógica y mucho menos excitable que la mía, capaz de ver en las circunstancias que temerosamente describiré, una vulgar sucesión de causas y efectos naturales.

Desde la infancia me destaqué por la docilidad y bondad de mi carácter. La ternura que abrigaba mi corazón era tan grande que llegaba a convertirme en objeto de burla para mis compañeros. Me gustaban especialmente los animales, y mis padres me permitían tener una gran variedad. Pasaba a su lado la mayor parte del tiempo, y jamás me sentía más feliz que cuando les daba de comer y los acariciaba. Este rasgo de mi carácter creció conmigo y, cuando llegué a la virilidad, se convirtió en una de mis principales fuentes de placer. Aquellos que alguna vez han experimentado cariño hacia un perro fiel y sagaz no necesitan que me moleste en explicarles la naturaleza o la intensidad de la retribución que recibía. Hay algo en el generoso y abnegado amor de un animal que llega directamente al corazón de aquel que con frecuencia ha probado la falsa amistad y la frágil fidelidad del hombre.

Me casé joven y tuve la alegría de que mi esposa compartiera mis preferencias. Al observar mi gusto por los animales domésticos, no perdía oportunidad de procurarme los más agradables de entre ellos. Teníamos pájaros, peces de colores, un hermoso perro, conejos, un monito y un gato.

Este último era un animal de notable tamaño y hermosura, completamente negro y de una sagacidad asombrosa. Al referirse a su inteligencia, mi mujer, que en el fondo era no poco supersticiosa, aludía con frecuencia a la antigua creencia popular de que todos los gatos negros son brujas metamorfoseadas. No quiero decir que lo creyera seriamente, y sólo menciono la cosa porque acabo de recordarla.

Plutón -tal era el nombre del gato- se había convertido en mi favorito y mi camarada. Sólo yo le daba de comer y él me seguía por todas partes en casa. Me costaba mucho impedir que anduviera tras de mí en la calle.

Nuestra amistad duró así varios años, en el curso de los cuales (enrojezco al confesarlo) mi temperamento y mi carácter se alteraron radicalmente por culpa del demonio. Intemperancia. Día a día me fui volviendo más melancólico, irritable e indiferente hacia los sentimientos ajenos. Llegué, incluso, a hablar descomedidamente a mi mujer y terminé por infligirle violencias personales. Mis favoritos, claro está, sintieron igualmente el cambio de mi carácter. No sólo los descuidaba, sino que llegué a hacerles daño. Hacia Plutón, sin embargo, conservé suficiente consideración como para abstenerme de maltratarlo, cosa que hacía con los conejos, el mono y hasta el perro cuando, por casualidad o movidos por el afecto, se cruzaban en mi camino. Mi enfermedad, empero, se agravaba -pues, ¿qué enfermedad es comparable al alcohol?-, y finalmente el mismo Plutón, que ya estaba viejo y, por tanto, algo enojadizo, empezó a sufrir las consecuencias de mi mal humor.

Una noche en que volvía a casa completamente embriagado, después de una de mis correrías por la ciudad, me pareció que el gato evitaba mi presencia. Lo alcé en brazos, pero, asustado por mi violencia, me mordió ligeramente en la mano. Al punto se apoderó de mí una furia demoníaca y ya no supe lo que hacía. Fue como si la raíz de mi alma se separara de golpe de mi cuerpo; una maldad más que diabólica, alimentada por la ginebra, estremeció cada fibra de mi ser. Sacando del bolsillo del chaleco un cortaplumas, lo abrí mientras sujetaba al pobre animal por el pescuezo y, deliberadamente, le hice saltar un ojo. Enrojezco, me abraso, tiemblo mientras escribo tan condenable atrocidad.

Cuando la razón retornó con la mañana, cuando hube disipado en el sueño los vapores de la orgía nocturna, sentí que el horror se mezclaba con el remordimiento ante el crimen cometido; pero mi sentimiento era débil y ambiguo, no alcanzaba a interesar al alma. Una vez más me hundí en los excesos y muy pronto ahogué en vino los recuerdos de lo sucedido.

El gato, entretanto, mejoraba poco a poco. Cierto que la órbita donde faltaba el ojo presentaba un horrible aspecto, pero el animal no parecía sufrir ya. Se paseaba, como de costumbre, por la casa, aunque, como es de imaginar, huía aterrorizado al verme. Me quedaba aún bastante de mi antigua manera de ser para sentirme agraviado por la evidente antipatía de un animal que alguna vez me había querido tanto. Pero ese sentimiento no tardó en ceder paso a la irritación. Y entonces, para mi caída final e irrevocable, se presentó el espíritu de la perversidad. La filosofía no tiene en cuenta a este espíritu; y, sin embargo, tan seguro estoy de que mi alma existe como de que la perversidad es uno de los impulsos primordiales del corazón humano, una de las facultades primarias indivisibles, uno de esos sentimientos que dirigen el carácter del hombre. ¿Quién no se ha sorprendido a sí mismo cien veces en momentos en que cometía una acción tonta o malvada por la simple razón de que no debía cometerla? ¿No hay en nosotros una tendencia permanente, que enfrenta descaradamente al buen sentido, una tendencia a transgredir lo que constituye la Ley por el solo hecho de serlo? Este espíritu de perversidad se presentó, como he dicho, en mi caída final. Y el insondable anhelo que tenía mi alma de vejarse a sí misma, de violentar su propia naturaleza, de hacer mal por el mal mismo, me incitó a continuar y, finalmente, a consumar el suplicio que había infligido a la inocente bestia. Una mañana, obrando a sangre fría, le pasé un lazo por el pescuezo y lo ahorqué en la rama de un árbol; lo ahorqué mientras las lágrimas manaban de mis ojos y el más amargo remordimiento me apretaba el corazón; lo ahorqué porque recordaba que me había querido y porque estaba seguro de que no me había dado motivo para matarlo; lo ahorqué porque sabía que, al hacerlo, cometía un pecado, un pecado mortal que comprometería mi alma hasta llevarla -si ello fuera posible- más allá del alcance de la infinita misericordia del Dios más misericordioso y más terrible.

La noche de aquel mismo día en que cometí tan cruel acción me despertaron gritos de: "¡Incendio!" Las cortinas de mi cama eran una llama viva y toda la casa estaba ardiendo. Con gran dificultad pudimos escapar de la conflagración mi mujer, un sirviente y yo. Todo quedó destruido. Mis bienes terrenales se perdieron y desde ese momento tuve que resignarme a la desesperanza.

No incurriré en la debilidad de establecer una relación de causa y efecto entre el desastre y mi criminal acción. Pero estoy detallando una cadena de hechos y no quiero dejar ningún eslabón incompleto. Al día siguiente del incendio acudí a visitar las ruinas. Salvo una, las paredes se habían desplomado. La que quedaba en pie era un tabique divisorio de poco espesor, situado en el centro de la casa, y contra el cual se apoyaba antes la cabecera de mi lecho. El enlucido había quedado a salvo de la acción del fuego, cosa que atribuí a su reciente aplicación. Una densa muchedumbre habíase reunido frente a la pared y varias personas parecían examinar parte de la misma con gran atención y detalle. Las palabras "¡extraño!, ¡curioso!" y otras similares excitaron mi curiosidad. Al aproximarme vi que en la blanca superficie, grabada como un bajorrelieve, aparecía la imagen de un gigantesco gato. El contorno tenía una nitidez verdaderamente maravillosa. Había una soga alrededor del pescuezo del animal.

Al descubrir esta aparición -ya que no podía considerarla otra cosa- me sentí dominado por el asombro y el terror. Pero la reflexión vino luego en mi ayuda. Recordé que había ahorcado al gato en un jardín contiguo a la casa. Al producirse la alarma del incendio, la multitud había invadido inmediatamente el jardín: alguien debió de cortar la soga y tirar al gato en mi habitación por la ventana abierta. Sin duda, habían tratado de despertarme en esa forma. Probablemente la caída de las paredes comprimió a la víctima de mi crueldad contra el enlucido recién aplicado, cuya cal, junto con la acción de las llamas y el amoniaco del cadáver, produjo la imagen que acababa de ver.

Si bien en esta forma quedó satisfecha mi razón, ya que no mi conciencia, sobre el extraño episodio, lo ocurrido impresionó profundamente mi imaginación. Durante muchos meses no pude librarme del fantasma del gato, y en todo ese tiempo dominó mi espíritu un sentimiento informe que se parecía, sin serlo, al remordimiento. Llegué al punto de lamentar la pérdida del animal y buscar, en los viles antros que habitualmente frecuentaba, algún otro de la misma especie y apariencia que pudiera ocupar su lugar.

Una noche en que, borracho a medias, me hallaba en una taberna más que infame, reclamó mi atención algo negro posado sobre uno de los enormes toneles de ginebra que constituían el principal moblaje del lugar. Durante algunos minutos había estado mirando dicho tonel y me sorprendió no haber advertido antes la presencia de la mancha negra en lo alto. Me aproximé y la toqué con la mano. Era un gato negro muy grande, tan grande como Plutón y absolutamente igual a éste, salvo un detalle. Plutón no tenía el menor pelo blanco en el cuerpo, mientras este gato mostraba una vasta aunque indefinida mancha blanca que le cubría casi todo el pecho.

Al sentirse acariciado se enderezó prontamente, ronroneando con fuerza, se frotó contra mi mano y pareció encantado de mis atenciones. Acababa, pues, de encontrar el animal que precisamente andaba buscando. De inmediato, propuse su compra al tabernero, pero me contestó que el animal no era suyo y que jamás lo había visto antes ni sabía nada de él.

Continué acariciando al gato y, cuando me disponía a volver a casa, el animal pareció dispuesto a acompañarme. Le permití que lo hiciera, deteniéndome una y otra vez para inclinarme y acariciarlo. Cuando estuvo en casa, se acostumbró a ella de inmediato y se convirtió en el gran favorito de mi mujer.

Por mi parte, pronto sentí nacer en mí una antipatía hacia aquel animal. Era exactamente lo contrario de lo que había anticipado, pero -sin que pueda decir cómo ni por qué- su marcado cariño por mí me disgustaba y me fatigaba. Gradualmente, el sentimiento de disgusto y fatiga creció hasta alcanzar la amargura del odio. Evitaba encontrarme con el animal; un resto de vergüenza y el recuerdo de mi crueldad de antaño me vedaban maltratarlo. Durante algunas semanas me abstuve de pegarle o de hacerlo víctima de cualquier violencia; pero gradualmente -muy gradualmente- llegué a mirarlo con inexpresable odio y a huir en silencio de su detestable presencia, como si fuera una emanación de la peste.

Lo que, sin duda, contribuyó a aumentar mi odio fue descubrir, a la mañana siguiente de haberlo traído a casa, que aquel gato, igual que Plutón, era tuerto. Esta circunstancia fue precisamente la que lo hizo más grato a mi mujer, quien, como ya dije, poseía en alto grado esos sentimientos humanitarios que alguna vez habían sido mi rasgo distintivo y la fuente de mis placeres más simples y más puros.

El cariño del gato por mí parecía aumentar en el mismo grado que mi aversión. Seguía mis pasos con una pertinencia que me costaría hacer entender al lector. Dondequiera que me sentara venía a ovillarse bajo mi silla o saltaba a mis rodillas, prodigándome sus odiosas caricias. Si echaba a caminar, se metía entre mis pies, amenazando con hacerme caer, o bien clavaba sus largas y afiladas uñas en mis ropas, para poder trepar hasta mi pecho. En esos momentos, aunque ansiaba aniquilarlo de un solo golpe, me sentía paralizado por el recuerdo de mi primer crimen, pero sobre todo -quiero confesarlo ahora mismo- por un espantoso temor al animal.

Aquel temor no era precisamente miedo de un mal físico y, sin embargo, me sería imposible definirlo de otra manera. Me siento casi avergonzado de reconocer, sí, aún en esta celda de criminales me siento casi avergonzado de reconocer que el terror, el espanto que aquel animal me inspiraba, era intensificado por una de las más insensatas quimeras que sería dado concebir. Más de una vez mi mujer me había llamado la atención sobre la forma de la mancha blanca de la cual ya he hablado, y que constituía la única diferencia entre el extraño animal y el que yo había matado. El lector recordará que esta mancha, aunque grande, me había parecido al principio de forma indefinida; pero gradualmente, de manera tan imperceptible que mi razón luchó durante largo tiempo por rechazarla como fantástica, la mancha fue asumiendo un contorno de rigurosa precisión. Representaba ahora algo que me estremezco al nombrar, y por ello odiaba, temía y hubiera querido librarme del monstruo si hubiese sido capaz de atreverme; representaba, digo, la imagen de una cosa atroz, siniestra..., ¡la imagen delpatíbulo! ¡Oh lúgubre y terrible máquina del horror y del crimen, de la agonía y de la muerte!

Me sentí entonces más miserable que todas las miserias humanas. ¡Pensar que una bestia, cuyo semejante había yo destruido desdeñosamente, una bestia era capaz de producir tan insoportable angustia en un hombre creado a imagen y semejanza de Dios! ¡Ay, ni de día ni de noche pude ya gozar de la bendición del reposo! De día, aquella criatura no me dejaba un instante solo; de noche, despertaba hora a hora de los más horrorosos sueños, para sentir el ardiente aliento de la cosa en mi rostro y su terrible peso -pesadilla encarnada de la que no me era posible desprenderme- apoyado eternamente sobre mi corazón.

Bajo el agobio de tormentos semejantes, sucumbió en mí lo poco que me quedaba de bueno. Sólo los malos pensamientos disfrutaban ya de mi intimidad; los más tenebrosos, los más perversos pensamientos. La melancolía habitual de mi humor creció hasta convertirse en aborrecimiento de todo lo que me rodeaba y de la entera humanidad; y mi pobre mujer, que de nada se quejaba, llegó a ser la habitual y paciente víctima de los repentinos y frecuentes arrebatos de ciega cólera a que me abandonaba.

Cierto día, para cumplir una tarea doméstica, me acompañó al sótano de la vieja casa donde nuestra pobreza nos obligaba a vivir. El gato me siguió mientras bajaba la empinada escalera y estuvo a punto de tirarme cabeza abajo, lo cual me exasperó hasta la locura. Alzando un hacha y olvidando en mi rabia los pueriles temores que hasta entonces habían detenido mi mano, descargué un golpe que hubiera matado instantáneamente al animal de haberlo alcanzado. Pero la mano de mi mujer detuvo su trayectoria. Entonces, llevado por su intervención a una rabia más que demoníaca, me zafé de su abrazo y le hundí el hacha en la cabeza. Sin un solo quejido, cayó muerta a mis pies.

Cumplido este espantoso asesinato, me entregué al punto y con toda sangre fría a la tarea de ocultar el cadáver. Sabía que era imposible sacarlo de casa, tanto de día como de noche, sin correr el riesgo de que algún vecino me observara. Diversos proyectos cruzaron mi mente. Por un momento pensé en descuartizar el cuerpo y quemar los pedazos. Luego se me ocurrió cavar una tumba en el piso del sótano. Pensé también si no convenía arrojar el cuerpo al pozo del patio o meterlo en un cajón, como si se tratara de una mercadería común, y llamar a un mozo de cordel para que lo retirara de casa. Pero, al fin, di con lo que me pareció el mejor expediente y decidí emparedar el cadáver en el sótano, tal como se dice que los monjes de la Edad Media emparedaban a sus víctimas.

El sótano se adaptaba bien a este propósito. Sus muros eran de material poco resistente y estaban recién revocados con un mortero ordinario, que la humedad de la atmósfera no había dejado endurecer. Además, en una de las paredes se veía la saliencia de una falsa chimenea, la cual había sido rellenada y tratada de manera semejante al resto del sótano. Sin lugar a dudas, sería muy fácil sacar los ladrillos en esa parte, introducir el cadáver y tapar el agujero como antes, de manera que ninguna mirada pudiese descubrir algo sospechoso.

No me equivocaba en mis cálculos. Fácilmente saqué los ladrillos con ayuda de una palanca y, luego de colocar cuidadosamente el cuerpo contra la pared interna, lo mantuve en esa posición mientras aplicaba de nuevo la mampostería en su forma original. Después de procurarme argamasa, arena y cerda, preparé un enlucido que no se distinguía del anterior y revoqué cuidadosamente el nuevo enladrillado. Concluida la tarea, me sentí seguro de que todo estaba bien. La pared no mostraba la menor señal de haber sido tocada. Había barrido hasta el menor fragmento de material suelto. Miré en torno, triunfante, y me dije: "Aquí, por lo menos, no he trabajado en vano".

Mi paso siguiente consistió en buscar a la bestia causante de tanta desgracia, pues al final me había decidido a matarla. Si en aquel momento el gato hubiera surgido ante mí, su destino habría quedado sellado, pero, por lo visto, el astuto animal, alarmado por la violencia de mi primer acceso de cólera, se cuidaba de aparecer mientras no cambiara mi humor. Imposible describir o imaginar el profundo, el maravilloso alivio que la ausencia de la detestada criatura trajo a mi pecho. No se presentó aquella noche, y así, por primera vez desde su llegada a la casa, pude dormir profunda y tranquilamente; sí, pude dormir, aun con el peso del crimen sobre mi alma.

Pasaron el segundo y el tercer día y mi atormentador no volvía. Una vez más respiré como un hombre libre. ¡Aterrado, el monstruo había huido de casa para siempre! ¡Ya no volvería a contemplarlo! Gozaba de una suprema felicidad, y la culpa de mi negra acción me preocupaba muy poco. Se practicaron algunas averiguaciones, a las que no me costó mucho responder. Incluso hubo una perquisición en la casa; pero, naturalmente, no se descubrió nada. Mi tranquilidad futura me parecía asegurada.

Al cuarto día del asesinato, un grupo de policías se presentó inesperadamente y procedió a una nueva y rigurosa inspección. Convencido de que mi escondrijo era impenetrable, no sentí la más leve inquietud. Los oficiales me pidieron que los acompañara en su examen. No dejaron hueco ni rincón sin revisar. Al final, por tercera o cuarta vez, bajaron al sótano. Los seguí sin que me temblara un solo músculo. Mi corazón latía tranquilamente, como el de aquel que duerme en la inocencia. Me paseé de un lado al otro del sótano. Había cruzado los brazos sobre el pecho y andaba tranquilamente de aquí para allá. Los policías estaban completamente satisfechos y se disponían a marcharse. La alegría de mi corazón era demasiado grande para reprimirla. Ardía en deseos de decirles, por lo menos, una palabra como prueba de triunfo y confirmar doblemente mi inocencia.

-Caballeros -dije, por fin, cuando el grupo subía la escalera-, me alegro mucho de haber disipado sus sospechas. Les deseo felicidad y un poco más de cortesía. Dicho sea de paso, caballeros, esta casa está muy bien construida... (En mi frenético deseo de decir alguna cosa con naturalidad, casi no me daba cuenta de mis palabras). Repito que es una casa de excelente construcción. Estas paredes... ¿ya se marchan ustedes, caballeros?... tienen una gran solidez.

Y entonces, arrastrado por mis propias bravatas, golpeé fuertemente con el bastón que llevaba en la mano sobre la pared del enladrillado tras de la cual se hallaba el cadáver de la esposa de mi corazón.

¡Que Dios me proteja y me libre de las garras del archidemonio! Apenas había cesado el eco de mis golpes cuando una voz respondió desde dentro de la tumba. Un quejido, sordo y entrecortado al comienzo, semejante al sollozar de un niño, que luego creció rápidamente hasta convertirse en un largo, agudo y continuo alarido, anormal, como inhumano, un aullido, un clamor de lamentación, mitad de horror, mitad de triunfo, como sólo puede haber brotado en el infierno de la garganta de los condenados en su agonía y de los demonios exultantes en la condenación.

Hablar de lo que pensé en ese momento sería locura. Presa de vértigo, fui tambaleándome hasta la pared opuesta. Por un instante el grupo de hombres en la escalera quedó paralizado por el terror. Luego, una docena de robustos brazos atacaron la pared, que cayó de una pieza. El cadáver, ya muy corrompido y manchado de sangre coagulada, apareció de pie ante los ojos de los espectadores. Sobre su cabeza, con la roja boca abierta y el único ojo como de fuego, estaba agazapada la horrible bestia cuya astucia me había inducido al asesinato y cuya voz delatadora me entregaba al verdugo. ¡Había emparedado al monstruo en la tumba!




Edgar Allan Poe

lunes, 19 de octubre de 2009

Pueblo de Cultos - RESUMEN: Caps 1-18



Pueblo de Cultos:


Pueblo de Cultos es una novela original de BlakJasz (Jesús Alberto Serrano).


Narra la historia de Jhon McSerius, cuyo hijo único es cruelmente secuestrado por un grupo adepto a una "religión" poco conocida, peligrosa y radical. Los fines por los que el pequeño niño fue secuestrado son confusos, por lo que el joven padre deberá apresurarse si quiere rescatar a su muchacho. Y él está dispuesto a lo que sea por recuperar a su hijo.


Los hechos ocurren en un pueblo campestre que el protagonista y su descendiente visitan por primera vez. Tras la desaparición del chico, Jhon McSerius deberá formar forzosamente alianza con un sujeto violento que apenas conoce y un peculiar animal. La historia de cada uno es aún más oscura que los bosques en los que deberán adentrarse para encontrar a Jhony.


Muchas muertes violentas, hechos misteriosos, criaturas poco comunes y cultos oscuros rodean a los protagonistas de esta historia de terror y acción, que helará el corazón de más de un lector.






Lista de Capítulos (links)







Personajes que aparecen(ordenados alfabéticamente por apellidos):
-ALBERT(edad y apellido desconocidos): hombre mayor que fue muerto de manera muy hostil en el mercado del pueblo a plena luz del día. Ayudaba a Dennis con su finca, con ella mantenía muy buena relación.
-COLLEMAN, Vince(edad desconocida): agente especial de notable inteligencia asignado al caso del pueblo.
-DUSSERHOFF, Dennis(entre 50-60): anciana dueña de la finca "Aguas Claras", donde se hospedan padre e hijo McSerius. Aunque tiene un carácter fuerte es una mujer amable. Muestra interés físico por Jhon y cariño por Jhony(aunque compartieron por poco tiempo desarrollaron cierto lazo emocional, semejante al de un nieto y su abuela).
-GUTIÉRREZ, Eduardo(26 años): supuesto extranjero herido por arma de fuego en su propio hogar. Su primera aparición es la mención que hace Prince a Harrison(Cap. 12)
-GUTIÉRREZ, Eduardo(alrededor de 55): anciano amigo de Dennis. Parece tener dotes adivinatorias y gran perspicacia. Es acompañado por la tigresa Lucy.
-HARRISON, Phillips(edad desconocida): detective profesional enviado por el Estado para investigar los extraños sucesos. Es muy famoso por haber resuelto casos extraños y macabros a lo largo de Estados Unidos.

-KURT (edad y apellido desconocidos): Es la víctima del primer incidente en el "establo de Morrison"*. Esposo de Clarisse, quien le hayó muerto, descuartizado y decapitado(su cabeza nunca apareció) en el mencionado establo. Mike le enterró a escondidas en un monte, y el pueblo entero creyó que había desaparecido por cuenta propia.
-LACEY, Mike(edad desconocida): padre de Clarisse.
-LACEY, Clarisse(25 años): hija de Mike. Tras el primer incidente en el "establo de Morrison" quedó tan impactada que no articula palabra alguna.
-MCSERIUS, Alice(entre 20 y 25 años): joven madre de Jhony McSerius y esposa de Jhon.
-MCSERIUS, Jhon Anes (entre 23 y 28 años): Protagonista. Joven empresario estadounidense. Padre de Jhony y esposo de Alice.
-MCSERIUS, Jhon F. (6 años): Niño juguetón y travieso. Hijo de la pareja McSerius.
-MUTTER(edad desconocida): mujer que está a cargo del "cuidado" de Jhony tras su desaparición.
-PRINCE, Jack(edad desconocida): detective del pueblo.Se siente insultado cuando asignan a otro detective al caso de su pueblo. Aún así le ayuda confiándole la información que manejaba.
-REITER(edad desconocida): caballero de armadura oxidada y enmohecida, que cabalga un caballo gigante y decapitado, cuya crin está en llamas.
-"SERPIENTE DE PLATA"(edad e identidad desconocidos): anciano encapuchado que le da un frasco a Jhon.
-TOCHTER(edad desconocida): encargada de cazar al joven Eduardo.
-VATER(edad desconocida): Es el hombre que estaba a cargo del asesinato del detective Harrison.






*Los restos del Primer incidente en el “establo de Morrison” aparecen en el Cap. 4.

Otros personajes mencionados:

-
DRAAMEN DE LA NOCHElideró la Salamandra Negra de Ojos Plateados. Principal personaje de Las 64 Estrellas Oscuras, acontecimiento narrado en Anécdotas de un Pueblo y su Gente.

-HERMANOS TAYLOR: poderosos miembros del culto La Serpiente Roja.
-
OBELISCO "EL ATORMENTADOR": un demonio terriblemente poderoso. Atormentaba a quienes convivían en "El Negro Convento", haciendo imposible su estancia allí. Nadie pudo sacar aquel oscuro espíritu de aquel lugar. Era una bestia gigante liberada por Zauber, poseedor del poder que ansían todos los cultos. A
contecimiento narrado en Anécdotas de un Pueblo y su Gente.

Sumario:

Libro 1: MCSERIUS

Jhon y su hijo emprenden un corto viaje hacia un pueblo, donde esperaban descansar(Cap. 1). Se hospedan en una finca a cambio de que colaboren con las labores de Dennis, la dueña del lugar(Cap. 3). Así, conocen al pueblo. En el mercado encuentran cosas interesantes, como una salamandra que llamó su atención(Cap. 5).
Kurt muere de una forma cruel y es encontrado en el "establo de Morrison"(perteneció a éste, cuya historia no se relata pero al parecer es un nombre de importancia) por su esposa Clarisse(Cap. 4). Ella queda traumatizada y no vuelve a hablar. Mike entierra el cuerpo de éste a escondidas y limpia el establo para no perderlo, pues se lo había dejado su antiguo dueño y amigo y no pretendía perderlo, aunque no lo usaba.

Clarisse desaparece poco después y el pueblo cree que ella y su esposo habían partido juntos, quizá huyendo del señor Lacey. Pero en realidad ella permanecía allí, ocultándose en el bosque y observándo a escondidas a los McSerius.

Otras desapariciones y muertes tienen lugar en el pueblo(como la de Albert, encontrado decapitado en el mercado a plena luz del día; Cap. 6), pero todos desconocen quién se encuentra detrás de todo esto. La historia lo ha descrito como una oscura y alta figura que provoca pánico y tensión en sus víctimas antes de asesinarlas (aparece varias veces a partir del Cap. 2). Incluso el ganado empezaba a desaparecer o morir: Pequeña, una vaca de Dennis, es hallada muerta por Jhony y más tarde por Jhon(se describe en el Cap. 10). Aunque la gente hacía comentarios sobre lo ocurrido, se mantenían todos en calma.




Jhony cae enfermo y tras un extraño sueño (detallado en el Cap. 8), su padre va al mercado a conseguirle un jarabe. Mientras buscaba el remedio, una figura encapuchada le llama y le entrega un frasco con un contenido caliente, alegando que es lo que necesitaba. El sujeto se llamó a sí mismo Serpiente de Plata. Jhon acepta el regalo y lo guarda, pero aún así compra el jarabe (Cap. 8).


Mientras tanto: Dennis encuentra a Clarisse en su hogar, muy sucia. La alimenta y viste y decide llevarla a casa de su padre, aprovechando que Jhony dormía. Pero al llegar allá se encuentran con unos policías que no deja que entren, ya que Mike se acababa de suicidar y en sus tierras se hayó un cuerpo decapitado (Cap. 9).



La anciana regresó llorando a su hogar, y la chica, que permanecía serena, se adentró de nuevo en el bosque. Al llegar dentro no encontró a Jhony. Cuando su padre volvió éste aún no aparecía.


Aquella misma noche, el detective Phillips fue asesinado frente al "establo de Morrison". Lo último que vio fue un lobo aullando en la entrada y a una oscura figura(Cap. 10).

Jhon salió en la noche a buscar a su hijo en el enorme bosque. Pero sólo encontró el cadáver de Pequeña. Cuando regresaba a la casa le pareció ver una figura alta corriendo hacia el bosque, así que movido por la curiosidad le siguió, armado con su linterna de mano.
Por fin la alcanzó y resultó ser Clarisse. La chica le recordó tanto a Alice, incluso por lo hermosa que era y la edad que tenía, que comenzó a llorar a causa de la desaparición del niño(la triste escena es relatada en el Cap 11). Al no encontrar a Jhony, y reaccionar, regresa a la casa y al amanecer salen él y Dennis al mercado, a ver si alguien ha visto al chico.

Afuera estaba Clarisse, y la señora Dusserhoff le informó a Jhon sobre su trauma. Cuando iban a partir, Dennis vio algo peculiar: una gran roca obstruyendo la entrada a su establo. Estaba decorada por una salamandra negra de ojos dorados (Cap. 11).

Mientras tanto: Colleman encuentra el cadáver decapitado de su jefe frente al "establo de Morrison". En sus puertas estaba escrito con sangre seca las siguientes palabras:
"KEIN MENSCH KANN BEURTEILEN UNS” (Cap. 12).

Recuerda que su jefe había visitado a un tal Eduardo Gutiérrez en el hospital, el día antes de morir, y hacia allá se dirige. No logra averiguar nada de importancia. Al mismo tiempo, McSerius y las chicas llegan a una cueva donde vive un amigo de Dennis, llamado Eduardo Gutiérrez(que resulta ser padre del joven que estaba en el hospital) y su peculiar tigresa (Cap. 13). Éste le explica a Jhon que una especie de "culto oculto" secuestro a su hijo. El joven lo toma por un loco y se va de la cueva(Cap. 14).


Esa misma noche, a pesar de estar herido por una bala, Eduardo Gutierrez (hijo) se escapa del hospital, usando exclusivamente sus entumecidas piernas, derribando a enfermeras y guardias armados.  Después regresa al hogar de su padre, mientras McSerius decide darle una oportunidad al anciano para ver si en realidad puede ayudarlo. Así, ambos llegan a la cueva, donde el señor ya los estaba esperando. Pero los jóvenes entran en conflicto(Cap. 15).

El hombre mayor no tolera esto y los calma, con ayuda de la tigresa. Después explica a Jhon que existen cultos capaces de percibir elementos que la gente común no nota. Uno de estos es el de la Salamandra Negra de Ojos Dorados, al que pertenece el joven Eduardo Gutierrez, lo cual lo hace un Creyente (así se les denomina). El padre sabe que ellos lo tomaron, posiblemente porque les sería útil criarlo(pues McSerius presentaba influencias oscuras que el pequeño pudo haber heredado, otorgándole capacidad de ayudar al culto a conseguir una fuente de poder que todos los Creyentes buscaban, leer sobre Obelisco en "otros personajes"), notando estos detalles cuando sus ojos se tornan rojo carmesí y los de su hijo dorados. Luego obliga a su hijo a guiar al empresario hasta que encuentre a Jhony.

Y así deciden darle la bienvenida a McSerius a ese nuevo mundo, a través de un ritual, acompañado con miles de extraños animales(Cap. 16).

Jhon es encadenado a un enorme león que dice llamarse Lowe. Dennis y Eduardo le explican qué es un Hüter, como Lucy, y describen las características de dichas criaturas (Cap. 17 y 18). 


Finalmente McSerius y el joven Gutiérrez emprenden su viaje en busca de Jhony. (
Cap. 18)




BlackJASZ

domingo, 18 de octubre de 2009

Cuento No. 10 - El Luchador


Era muy fuerte y habilidoso. Un boxeador muy diestro en su arte, pocas veces se había oído que le derrotaran. Vivía éste en un pueblo, alejado de toda sombra de la modernidad, marginados él y su gente al borde de la civilización. Campeón era, sí, pero desconocido por todos también.

Padre e hijo se dedicaban a lo mismo: eran campesinos. Día tras día desempeñaban su labor con resignación, en un mundo donde sólo había pasto y pobreza. Pero a los veinte años, el boxeador se hartó de su vida.

-Padre- anunciaba el joven-, estoy cansado de esto. Aquí nada me aguarda más que la vejez en cautiverio. He decidido irme, soy ducho luchador y buscaré mi suerte en las grandes ciudades del este.
-Muchacho mío- replicaba el progenitor-, nada bueno le espera al imprudente que se aventura en tierras desconocidas.
-Pero yo no soy imprudente, padre. Me has criado bien y se defenderme solo. Pero en este campo no encontraré fama, fortuna y tesoros jamás. Y eso es lo que ansío más que nada. Además, aquí los problemas abundan y las soluciones escasean.
-La gente no soluciona sus problemas, los sustituye por otros. No debes viajar a la ciudad, no encontrarás nada bueno allá, desprevenido como eres. No encontrarás tesoro alguno.
-Claro que sí, padre. ¡He oído decir que en las ciudades se lleva una gran vida! Un hombre con habilidades como las mías, se las puede vadear por allá.
-Eres mayor ya, hijo. Haz lo que consideres mejor para ti. Pero en mi opinión sólo hallarás desventuras, desencantos y fracasos. Nada bueno sacarás de esta experiencia.
-Mi destino no es aquí.
-Nadie conoce su destino, hijo mío. Vaya a buscarlo donde le parezca mejor.

Así, el joven boxeador preparó una enorme bolsa con alimentos, prendas y el exiguo dinero del que disponía. La tendió sobre su hombro derecho, besó la mejilla de su padre y le dijo:

-Adiós, gracias por todo.
-Adiós, suerte con tu futuro.
-La tendré, padre. Y tú deberías venir conmigo.
-No, aquí nos separamos. No tengo necesidad de abandonar mi lugar.
-Prometo volver. Y conmigo traeré éxito. Entonces te convenceré y te llevaré conmigo para compartir los frutos de mi entrenamiento.
-Por tu felicidad, espero que así sea. Buen viaje hijo.
-Buen encierro, padre.

Y partió, llevando consigo sólo sus sueños. Se proveería con el contenido de su bolsa, que no lo sostendría en pie más de tres o cuatro días. Pero confiaba en llegar pronto a la metrópolis que buscaba.

Horas más tarde se encontró con el primer percance: un río con una corriente tan fuerte que lo hacía imposible de cruzar a nado, incluso para el boxeador. Más había un par de hombres que llevaban a la gente en bote hasta el otro lado.

-¡Hey- le gritó uno de los hombres al boxeador, desde la otra orilla-, muchacho! ¿Quieres cruzar?
-Sí, señor.
-Son cuarenta pesetas.
-¿¡Cuarenta!?- Se quejó el joven- ¡Vaya robo!
-Pague o no cruce.

El joven se molestó, así que por un momento pensó en abandonar esa vía. Sin embargo, algo se le ocurrió:

-¡Les doy esta capa si me llevan hasta esa ribera!

Los dos sujetos vieron a lo lejos la capa, y les pareció suficiente pago, así que aceptaron la propuesta. Pero en cuanto estuvieron al alcance del luchador, éste les propinó una golpiza a ambos y tomó el bote.

-Esto les pasa por ladrones y codiciosos- les explicó.

Mas a mitad de camino debía pasar entre peñones enormes, y por su falta de habilidad estrelló el bote y éste se hizo añicos. Consiguió sostenerse de una roca y evitar que lo arrastrara la corriente, pero su bolsa si se alejó con las claras aguas.

Allí se subió, y se sentó a esperar por un milagro, por su suerte. A los dos días el hambre y el sueño le desmayaron y formó parte de la corriente.



-¿Dónde estoy?- se preguntó el joven.

Hallábase a la orilla del río, sabrá Dios cúantos kilómetros más allá de su destino. Se irguió cuan alto era y su estómago le emanó una queja. Sus ojos buscaron alimento, y encontraron frutas en los árboles más cercanos. Se hartó de comer mangos y manzanas y luego bebió del río que lo había llevado hasta allí. Entonces comenzó a andar bosque adentro, sin conocer su ubicación o siquiera qué dirección debía tomar.



Dos días más pasaron, y el joven se cansó de comer frutas. Pero no sabía dónde estaba y le costaba encontrar alimento apropiado.

Entonces, lamentándose de su suerte, por fin logró salir del bosque y se halló en la ciudad que buscaba.

-¡Y yo quejándome!

Se adentró en la ciudad, asombrado por las luces, los caminos, he incluso por la misma gente. Veía su propia mirada reflejada en la de los citadinos. Era todo extraño, tal cual se lo habían descrito. Carrozas por todas partes, vendedores gritando a todo pulmón, niños llorando con estridencia, altos tubos con luminosidades en la parte más alta, el olor de la civilización, el sabor de la ciudad.

-Padre-se dijo a sí mismo-, deberías ver esto.

Se percató de que tenía sed, así que se acercó a un aguador que estaba cerca.

-Amigo, soy un viajero. Vengo de muy lejos y tengo mucha sed...
-Cinco pesetas- le espetó el sujeto.
-No tengo dinero, amigo mío.
-Lo siento, sin dinero no hay agua.
-No tengo nada que ofrecerle a cambio. ¡Hágalo por caridad! Mi buen Dios se lo pagará.
-Este es mi negocio y de él vivo- explicó el vendedor-, no puedo regalar mi mercancía.

El boxeador se enojó por el comentario y alzó sus puños contra el vendedor, pero apenas lo tocó cuando varios hombres se abalanzaron sobre él. El aguador era un señor gordo muy querido y respetado en el lugar, decían algunos que por su maravilloso humor y contagiosa carisma.

Terminó el joven visitante sediento, golpeado y sin dinero, allí, en tierras que no conocía.



Esa misma noche se unió a una banda de ladrones que pasaba por la ciudad, obligado por la necesidad.

-Señor- decíale el luchador al jefe del grupo-, vengo desde muy lejos y he quedado sin dinero a causa de un incidente. No puedo sobrevivir así, por eso deseo unirme a su caravana. Si usted me acepta le demostraré lo colaborador que puedo ser. Les será de utilidad llevar un boxeador con ustedes, se lo aseguro.
-Esta bien muchacho, anda con nosotros. Pero conocerás nuestras reglas.
-Me adaptaré a ellas- prometió.

Y esa madrugada decidieron pasarla en un claro del bosque, donde festejaron con una parrilla magnífica y majestuosa. El ánimo del boxeador mejoró mucho con aquella compañía. Estaba decidido a compartir con ellos hasta que por fin pudiera volver a la ciudad. Allí conseguiría un entrenador oficial para por fin darse a conocer.

Así, el joven que había perdido todo, excepto sus sueños, recuperaba su habitual humor y las esperanzas que lo habían arrastrado hasta allí. Comió y bebió hasta caer dormido.

Uno de los viajeros se acercó al jefe de los malhechores, acompañado por otros cuatro que le apoyaban, y explicó algo que mucho le inquietaba:

-Señor, ¿y si este sujeto es un riesgo?
-¿Porqué piensas eso? ¿Acaso no llegaste tú aquí de la misma forma que él?
-Sí, señor- admitió el primero-. Pero este sujeto es extraño. Se nota que no es de nuestra ciudad. Todo le asombra. Tiene mucho que aprender antes de que podamos confiar en él.
-Aprenderá bien. Además es fuerte y habilidoso.Un elemento excelente para la protección del grupo.
-O un severo peligro si se pone en nuestra contra.
-¿Y porqué habría de hacerlo, si lo hemos aceptado como parte de nosotros?
-Verá, escuché una vez una historia sobre un rico y avaricioso rey que protegía su tesoro con caballeros de confianza. Ellos cuidaban la puerta principal de todo ser viviente que se acercara, mientras que el dueño podía llegar a éste desde un pasadizo secreto en su cuarto. Ningún ladrón se acercaba a la puerta porque temía al poderoso ejército que lo custodiaba. Pero un día el señor notó que fue completamente robado. Cuando llegó a la escondida cámara y preguntó a sus hombres de confianza por su riqueza éstos le explicaron que su mejor amigo había usado el pasadizo secreto y había sacado el tesoro durante la noche.

>Así mismo, si este hombre es vivo, no podemos confiar en él. Sobretodo si es capaz de derrotarnos en lucha. Además no creo que sea tan útil como él halaga. Sugiero que le dejemos amarrado a una roca en el camino.


Y eso hicieron.

Despertó adolorido y amarrado de tal manera que no podía casi moverse. Quejóse de nuevo de su suerte, injuriando contra ella. Varias horas pasó así, incluso cuando el hambre y demás necesidades amenazaban con abatirle.



-Vamos, señor. He oído que de este lado del bosque hay mejores aves.
-A la hora de practicar, da igual que ave caiga.
-No diga eso, muchacho.
-Sólo bromeo.

Dos figuras, una muy joven y otra mucho mayor, paseaban en el bosque, armados con escopetas, cuando escucharon a lo lejos unos gritos.

-¡Demonios! ¡Voy a matarlos a todos en cuánto me suelte! ¡Pagarán por esto, desgraciados!

Movido por la curiosidad, y desobedeciendo a hombre mayor, el chico corrió en busca de quien gritaba de tal manera. Pronto halló al desdichado boxeador, tirado en el suelo, aún amarrado y completamente exhausto.

-¡Suéltame! ¡O te retorceré el pescuezo!
-¿Cómo harás eso, amarrado como estás?- se mofó el joven, y notó que ambos tenían edades aproximadas.
-¡Qué suerte tengo! Encontrarme con un payaso en estas condiciones.
-¡Vaya carácter, amigo! Quizá deberías quedarte aquí, en medio de la nada.

Y al igual que los ladrones, el muchacho se marchó, dejando al luchador totalmente abandonado.

-¡Grandioso! Debí escuchar a mi padre cuando me dijo que hallaría sólo desventuras, desencantos y fracasos, que nada bueno sacaría de esta experiencia. Se entristecerá mucho cuando cumpla mi promesa y regrese: muerto y acarreado por unos desconocidos.

Y así se rindió el hombre a su destino.



Estaba el campesino descansando al final de su jornada, que se había vuelto infinitas veces más pesada desde la partida de su hijo, hacía dos años aproximadamente.

Aún recordaba a su descendiente con el mismo cariño y afecto que cuando éste se marchó. En ese momento, mientras pensaba en él (y en si habría logrado el éxito que anhelaba y había olvidado a su viejo y fracasado padre), sonó la puerta de su casa. Un poco asombrado por el hecho, ya que casi nunca venían a verlo, fue a recibir su visita.

-¡Un segundo, ya voy!

Mayor fue la sorpresa cuando al abrir se encontró de frente con su hijo, vestido con un traje magnífico y adornado con numerosas joyas. Tras él se veía una carroza muy elegante, que al parecer le había traído y allí le esperaría.

-¡Padre mío, he vuelto!
-¡Al fin!

Y se abrazaron con mucho cariño.

-Hijo, cuéntame: ¿cómo alcanzaste tu meta?


Y así, aún en la puerta de la casa, el joven resumió su aventura desde que se separaron hasta el encuentro con el pequeño cazador.

-...Resulta que era nada más y nada menos que el Príncipe. Allí me dejó y fue en busca de ayuda. Pasé varios días a sus cuidados, en el mismísimo hogar de El Rey. Al sanar, le ofrecí mis servicios. Pronto conseguí el apoyo que necesitaba y ahora soy conocido en muchos lugares, padre.
-¡Cómo me alegro, hijo mío!
-Sí. Y te equivocaste al decir que no hallaría tesoro alguno, porque conseguí el mejor de todos: un gran amigo. ¡Hey, Príncipe, bienvenido a mi humilde morada!




BlackJASZ

Grandes Escritores - No. 3: Berenice

La desdicha es diversa. La desgracia cunde multiforme sobre la tierra. Desplegada sobre el ancho horizonte como el arco iris, sus colores son tan variados como los de éste y también tan distintos y tan íntimamente unidos. ¡Desplegada sobre el ancho horizonte como el arco iris! ¿Cómo es que de la belleza he derivado un tipo de fealdad; de la alianza y la paz, un símil del dolor? Pero así como en la ética el mal es una consecuencia del bien, así, en realidad, de la alegría nace la pena. O la memoria de la pasada beatitud es la angustia de hoy, o las agonías que son se originan en los éxtasis que pudieron haber sido.

Mi nombre de pila es Egaeus; no mencionaré mi apellido. Sin embargo, no hay en mi país torres más venerables que mi melancólica y gris heredad. Nuestro linaje ha sido llamado raza de visionarios, y en muchos detalles sorprendentes, en el carácter de la mansión familiar en los frescos del salón principal, en las colgaduras de los dormitorios, en los relieves de algunos pilares de la sala de armas, pero especialmente en la galería de cuadros antiguos, en el estilo de la biblioteca y, por último, en la peculiarísima naturaleza de sus libros, hay elementos más que suficientes para justificar esta creencia.

Los recuerdos de mis primeros años se relacionan con este aposento y con sus volúmenes, de los cuales no volveré a hablar. Allí murió mi madre. Allí nací yo. Pero es simplemente ocioso decir que no había vivido antes, que el alma no tiene una existencia previa. ¿Lo negáis? No discutiremos el punto. Yo estoy convencido, pero no trato de convencer. Hay, sin embargo, un recuerdo de formas aéreas, de ojos espirituales y expresivos, de sonidos musicales, aunque tristes, un recuerdo que no será excluido, una memoria como una sombra, vaga, variable, indefinida, insegura, y como una sombra también en la imposibilidad de librarme de ella mientras brille el sol de mi razón.

En ese aposento nací. Al despertar de improviso de la larga noche de eso que parecía, sin serlo, la no-existencia, a regiones de hadas, a un palacio de imaginación, a los extraños dominios del pensamiento y la erudición monásticos, no es raro que mirara a mi alrededor con ojos asombrados y ardientes, que malgastara mi infancia entre libros y disipara mi juventud en ensoñaciones; pero sí es raro que transcurrieran los años y el cenit de la virilidad me encontrara aún en la mansión de mis padres; sí, es asombrosa la paralización que subyugó las fuentes de mi vida, asombrosa la inversión total que se produjo en el carácter de mis pensamientos más comunes. Las realidades terrenales me afectaban como visiones, y sólo como visiones, mientras las extrañas ideas del mundo de los sueños se tornaron, en cambio, no en pasto de mi existencia cotidiana, sino realmente en mi sola y entera existencia.

Berenice y yo éramos primos y crecimos juntos en la heredad paterna. Pero crecimos de distinta manera: yo, enfermizo, envuelto en melancolía; ella, ágil, graciosa, desbordante de fuerzas; suyos eran los paseos por la colina; míos, los estudios del claustro; yo, viviendo encerrado en mí mismo y entregado en cuerpo y alma a la intensa y penosa meditación; ella, vagando despreocupadamente por la vida, sin pensar en las sombras del camino o en la huida silenciosa de las horas de alas negras. ¡Berenice! Invoco su nombre... ¡Berenice! Y de las grises ruinas de la memoria mil tumultuosos recuerdos se conmueven a este sonido. ¡Ah, vívida acude ahora su imagen ante mí, como en los primeros días de su alegría y de su dicha! ¡Ah, espléndida y, sin embargo, fantástica belleza! ¡Oh sílfide entre los arbustos de Arnheim! ¡Oh náyade entre sus fuentes! Y entonces, entonces todo es misterio y terror, y una historia que no debe ser relatada. La enfermedad -una enfermedad fatal- cayó sobre ella como el simún, y mientras yo la observaba, el espíritu de la transformación la arrasó, penetrando en su mente, en sus hábitos y en su carácter, y de la manera más sutil y terrible llegó a perturbar su identidad. ¡Ay! El destructor iba y venía, y la víctima, ¿dónde estaba? Yo no la conocía o, por lo menos, ya no la reconocía como Berenice.

Entre la numerosa serie de enfermedades provocadas por la primera y fatal, que ocasionó una revolución tan horrible en el ser moral y físico de mi prima, debe mencionarse como la más afligente y obstinada una especie de epilepsia que terminaba no rara vez en catalepsia, estado muy semejante a la disolución efectiva y de la cual su manera de recobrarse era, en muchos casos, brusca y repentina. Entretanto, mi propia enfermedad -pues me han dicho que no debo darle otro nombre-, mi propia enfermedad, digo, crecía rápidamente, asumiendo, por último, un carácter monomaniaco de una especie nueva y extraordinaria, que ganaba cada vez más vigor y, al fin, obtuvo sobre mí un incomprensible ascendiente. Esta monomanía, si así debo llamarla, consistía en una irritabilidad morbosa de esas propiedades de la mente que la ciencia psicológica designa con la palabra atención. Es más que probable que no se me entienda; pero temo, en verdad, que no haya manera posible de proporcionar a la inteligencia del lector corriente una idea adecuada de esa nerviosa intensidad del interés con que en mi caso las facultades de meditación (por no emplear términos técnicos) actuaban y se sumían en la contemplación de los objetos del universo, aun de los más comunes.

Reflexionar largas horas, infatigable, con la atención clavada en alguna nota trivial, al margen de un libro o en su tipografía; pasar la mayor parte de un día de verano absorto en una sombra extraña que caía oblicuamente sobre el tapiz o sobre la puerta; perderme durante toda una noche en la observación de la tranquila llama de una lámpara o los rescoldos del fuego; soñar días enteros con el perfume de una flor; repetir monótonamente alguna palabra común hasta que el sonido, por obra de la frecuente repetición, dejaba de suscitar idea alguna en la mente; perder todo sentido de movimiento o de existencia física gracias a una absoluta y obstinada quietud, largo tiempo prolongada; tales eran algunas de las extravagancias más comunes y menos perniciosas provocadas por un estado de las facultades mentales, no único, por cierto, pero sí capaz de desafiar todo análisis o explicación.

Mas no se me entienda mal. La excesiva, intensa y mórbida atención así excitada por objetos triviales en sí mismos no debe confundirse con la tendencia a la meditación, común a todos los hombres, y que se da especialmente en las personas de imaginación ardiente. Tampoco era, como pudo suponerse al principio, un estado agudo o una exageración de esa tendencia, sino primaria y esencialmente distinta, diferente. En un caso, el soñador o el fanático, interesado en un objeto habitualmente no trivial, lo pierde de vista poco a poco en una multitud de deducciones y sugerencias que de él proceden, hasta que, al final de un ensueño colmado a menudo de voluptuosidad, el incitamentum o primera causa de sus meditaciones desaparece en un completo olvido. En mi caso, el objeto primario era invariablemente trivial, aunque asumiera, a través del intermedio de mi visión perturbada, una importancia refleja, irreal. Pocas deducciones, si es que aparecía alguna, surgían, y esas pocas retornaban tercamente al objeto original como a su centro. Las meditaciones nunca eran placenteras, y al cabo del ensueño, la primera causa, lejos de estar fuera de vista, había alcanzado ese interés sobrenaturalmente exagerado que constituía el rasgo dominante del mal. En una palabra: las facultades mentales más ejercidas en mi caso eran, como ya lo he dicho, las de la atención, mientras en el soñador son las de la especulación.

Mis libros, en esa época, si no servían en realidad para irritar el trastorno, participaban ampliamente, como se comprenderá, por su naturaleza imaginativa e inconexa, de las características peculiares del trastorno mismo. Puedo recordar, entre otros, el tratado del noble italiano Coelius Secundus Curio De Amplitudine Beati Regni dei, la gran obra de San Agustín La ciudad de Dios, y la de Tertuliano, De Carne Christi, cuya paradójica sentencia:Mortuus est Dei filius; credibili est quia ineptum est: et sepultus resurrexit; certum est quia impossibili est, ocupó mi tiempo íntegro durante muchas semanas de laboriosa e inútil investigación.

Se verá, pues, que, arrancada de su equilibrio sólo por cosas triviales, mi razón semejaba a ese risco marino del cual habla Ptolomeo Hefestión, que resistía firme los ataques de la violencia humana y la feroz furia de las aguas y los vientos, pero temblaba al contacto de la flor llamada asfódelo. Y aunque para un observador descuidado pueda parecer fuera de duda que la alteración producida en la condición moral de Berenice por su desventurada enfermedad me brindaría muchos objetos para el ejercicio de esa intensa y anormal meditación, cuya naturaleza me ha costado cierto trabajo explicar, en modo alguno era éste el caso. En los intervalos lúcidos de mi mal, su calamidad me daba pena, y, muy conmovido por la ruina total de su hermosa y dulce vida, no dejaba de meditar con frecuencia, amargamente, en los prodigiosos medios por los cuales había llegado a producirse una revolución tan súbita y extraña. Pero estas reflexiones no participaban de la idiosincrasia de mi enfermedad, y eran semejantes a las que, en similares circunstancias, podían presentarse en el común de los hombres. Fiel a su propio carácter, mi trastorno se gozaba en los cambios menos importantes, pero más llamativos, operados en la constitución física de Berenice, en la singular y espantosa distorsión de su identidad personal.

En los días más brillantes de su belleza incomparable, seguramente no la amé. En la extraña anomalía de mi existencia, los sentimientos en mí nunca venían del corazón, y las pasiones siempre venían de la inteligencia. A través del alba gris, en las sombras entrelazadas del bosque a mediodía y en el silencio de mi biblioteca por la noche, su imagen había flotado ante mis ojos y yo la había visto, no como una Berenice viva, palpitante, sino como la Berenice de un sueño; no como una moradora de la tierra, terrenal, sino como su abstracción; no como una cosa para admirar, sino para analizar; no como un objeto de amor, sino como el tema de una especulación tan abstrusa cuanto inconexa. Y ahora, ahora temblaba en su presencia y palidecía cuando se acercaba; sin embargo, lamentando amargamente su decadencia y su ruina, recordé que me había amado largo tiempo, y, en un mal momento, le hablé de matrimonio.

Y al fin se acercaba la fecha de nuestras nupcias cuando, una tarde de invierno -en uno de estos días intempestivamente cálidos, serenos y brumosos que son la nodriza de la hermosa Alción-, me senté, creyéndome solo, en el gabinete interior de la biblioteca. Pero alzando los ojos vi, ante mí, a Berenice.

¿Fue mi imaginación excitada, la influencia de la atmósfera brumosa, la luz incierta, crepuscular del aposento, o los grises vestidos que envolvían su figura, los que le dieron un contorno tan vacilante e indefinido? No sabría decirlo. No profirió una palabra y yo por nada del mundo hubiera sido capaz de pronunciar una sílaba. Un escalofrío helado recorrió mi cuerpo; me oprimió una sensación de intolerable ansiedad; una curiosidad devoradora invadió mi alma y, reclinándome en el asiento, permanecí un instante sin respirar, inmóvil, con los ojos clavados en su persona. ¡Ay! Su delgadez era excesiva, y ni un vestigio del ser primitivo asomaba en una sola línea del contorno. Mis ardorosas miradas cayeron, por fin, en su rostro.

La frente era alta, muy pálida, singularmente plácida; y el que en un tiempo fuera cabello de azabache caía parcialmente sobre ella sombreando las hundidas sienes con innumerables rizos, ahora de un rubio reluciente, que por su matiz fantástico discordaban por completo con la melancolía dominante de su rostro. Sus ojos no tenían vida ni brillo y parecían sin pupilas, y esquivé involuntariamente su mirada vidriosa para contemplar los labios, finos y contraídos. Se entreabrieron, y en una sonrisa de expresión peculiar los dientes de la cambiada Berenice se revelaron lentamente a mis ojos. ¡Ojalá nunca los hubiera visto o, después de verlos, hubiese muerto!

El golpe de una puerta al cerrarse me distrajo y, alzando la vista, vi que mi prima había salido del aposento. Pero del desordenado aposento de mi mente, ¡ay!, no había salido ni se apartaría el blanco y horrible espectro de los dientes. Ni un punto en su superficie, ni una sombra en el esmalte, ni una melladura en el borde hubo en esa pasajera sonrisa que no se grabara a fuego en mi memoria. Los vi entonces con más claridad que un momento antes. ¡Los dientes! ¡Los dientes! Estaban aquí y allí y en todas partes, visibles y palpables, ante mí; largos, estrechos, blanquísimos, con los pálidos labios contrayéndose a su alrededor, como en el momento mismo en que habían empezado a distenderse. Entonces sobrevino toda la furia de mi monomanía y luché en vano contra su extraña e irresistible influencia. Entre los múltiples objetos del mundo exterior no tenía pensamientos sino para los dientes. Los ansiaba con un deseo frenético. Todos los otros asuntos y todos los diferentes intereses se absorbieron en una sola contemplación. Ellos, ellos eran los únicos presentes a mi mirada mental, y en su insustituible individualidad llegaron a ser la esencia de mi vida intelectual. Los observé a todas las luces. Les hice adoptar todas las actitudes. Examiné sus características. Estudié sus peculiaridades. Medité sobre su conformación. Reflexioné sobre el cambio de su naturaleza. Me estremecía al asignarles en imaginación un poder sensible y consciente, y aun, sin la ayuda de los labios, una capacidad de expresión moral. Se ha dicho bien de mademoiselle Sallé quetous ses pas étaient des sentiments, y de Berenice yo creía con la mayor seriedad quetoutes ses dents étaient des idées. Des idées! ¡Ah, éste fue el insensato pensamiento que me destruyó! Des idées! ¡Ah, por eso era que los codiciaba tan locamente! Sentí que sólo su posesión podía devolverme la paz, restituyéndome a la razón.

Y la tarde cayó sobre mí, y vino la oscuridad, duró y se fue, y amaneció el nuevo día, y las brumas de una segunda noche se acumularon y yo seguía inmóvil, sentado en aquel aposento solitario; y seguí sumido en la meditación, y el fantasma de los dientes mantenía su terrible ascendiente como si, con la claridad más viva y más espantosa, flotara entre las cambiantes luces y sombras del recinto. Al fin, irrumpió en mis sueños un grito como de horror y consternación, y luego, tras una pausa, el sonido de turbadas voces, mezcladas con sordos lamentos de dolor y pena. Me levanté de mi asiento y, abriendo de par en par una de las puertas de la biblioteca, vi en la antecámara a una criada deshecha en lágrimas, quien me dijo que Berenice ya no existía. Había tenido un acceso de epilepsia por la mañana temprano, y ahora, al caer la noche, la tumba estaba dispuesta para su ocupante y terminados los preparativos del entierro.

Me encontré sentado en la biblioteca y de nuevo solo. Me parecía que acababa de despertar de un sueño confuso y excitante. Sabía que era medianoche y que desde la puesta del sol Berenice estaba enterrada. Pero del melancólico periodo intermedio no tenía conocimiento real o, por lo menos, definido. Sin embargo, su recuerdo estaba repleto de horror, horror más horrible por lo vago, terror más terrible por su ambigüedad. Era una página atroz en la historia de mi existencia, escrita toda con recuerdos oscuros, espantosos, ininteligibles. Luché por descifrarlos, pero en vano, mientras una y otra vez, como el espíritu de un sonido ausente, un agudo y penetrante grito de mujer parecía sonar en mis oídos. Yo había hecho algo. ¿Qué era? Me lo pregunté a mí mismo en voz alta, y los susurrantes ecos del aposento me respondieron: ¿Qué era?

En la mesa, a mi lado, ardía una lámpara, y había junto a ella una cajita. No tenía nada de notable, y la había visto a menudo, pues era propiedad del médico de la familia. Pero, ¿cómo había llegado allí, a mi mesa, y por qué me estremecí al mirarla? Eran cosas que no merecían ser tenidas en cuenta, y mis ojos cayeron, al fin, en las abiertas páginas de un libro y en una frase subrayaba: Dicebant mihi sodales si sepulchrum amicae visitarem, curas meas aliquantulum fore levatas. ¿Por qué, pues, al leerlas se me erizaron los cabellos y la sangre se congeló en mis venas?

Entonces sonó un ligero golpe en la puerta de la biblioteca; pálido como un habitante de la tumba, entró un criado de puntillas. Había en sus ojos un violento terror y me habló con voz trémula, ronca, ahogada. ¿Qué dijo? Oí algunas frases entrecortadas. Hablaba de un salvaje grito que había turbado el silencio de la noche, de la servidumbre reunida para buscar el origen del sonido, y su voz cobró un tono espeluznante, nítido, cuando me habló, susurrando, de una tumba violada, de un cadáver desfigurado, sin mortaja y que aún respiraba, aún palpitaba, aún vivía.

Señaló mis ropas: estaban manchadas de barro, de sangre coagulada. No dije nada; me tomó suavemente la mano: tenía manchas de uñas humanas. Dirigió mi atención a un objeto que había contra la pared; lo miré durante unos minutos: era una pala. Con un alarido salté hasta la mesa y me apoderé de la caja. Pero no pude abrirla, y en mi temblor se me deslizó de la mano, y cayó pesadamente, y se hizo añicos; y de entre ellos, entrechocándose, rodaron algunos instrumentos de cirugía dental, mezclados con treinta y dos objetos pequeños, blancos, marfilinos, que se desparramaron por el piso.




Edgar Allan Poe

jueves, 15 de octubre de 2009

Escritos Libres - No. 1: Madura

Ego(Él):
¡No, me niego a creerte!
¡Detesto mi futuro ausente!
¡Que su alma se la lleve el viento!
¡Si acaso alma tiene dentro!
Agotado estoy de perder el tiempo
Y no derrocharé más mi aliento.


Conciencia(Él):
Abre tú los ojos, ¡espabila!
ahora que el sol aún brilla.
Para ti ya es hora de crecer
¡Madura ya, de una buena vez!

La vida cambia,
Tu tiempo pasa.


Ego(Él):
!No, no acepto tu imposición!
¡Impecable es mi decisión!
Amarrado yo estaba
Atrapado me hallaba.

Supones que ahora lo estoy aún más
¡Descubre, pues, cuán errada estás!


Conciencia(Él):
Muy joven tú eres, lo sé,
te conozco más que bien,
pero ya decidiste antes,
del precipicio saltaste,
¿No querías tú ser hombre?
¡Pues como tal responde!


Ella:
Varios minutos han pasado,
¡yo sé que estás asustado!
Mas recuerda: somos dos,
y ahora responde, mi amor:
piensa bien en mi propuesta,
¡aunque obligada es tu respuesta!
Y es que fuerte es la razón,
!Maldito embarazo precoz!




BlackJASZ

domingo, 11 de octubre de 2009

Grandes Escritores - No. 2: La Máscara De La Muerte Roja

La "Muerte Roja" había devastado el país durante largo tiempo. Jamás una peste había sido tan fatal y tan espantosa. La sangre era encarnación y su sello: el rojo y el horror de la sangre. Comenzaba con agudos dolores, un vértigo repentino, y luego los poros sangraban y sobrevenía la muerte. Las manchas escarlata en el cuerpo y la cara de la víctima eran el bando de la peste, que la aislaba de toda ayuda y de toda simpatía, y la invasión, progreso y fin de la enfermedad se cumplían en media hora.

Pero el príncipe Próspero era feliz, intrépido y sagaz. Cuando sus dominios quedaron semidespoblados llamó a su lado a mil caballeros y damas de su corte, y se retiró con ellos al seguro encierro de una de sus abadías fortificadas. Era ésta de amplia y magnífica construcción y había sido creada por el excéntrico aunque majestuoso gusto del príncipe. Una sólida y altísima muralla la circundaba. Las puertas de la muralla eran de hierro. Una vez adentro, los cortesanos trajeron fraguas y pesados martillos y soldaron los cerrojos. Habían resuelto no dejar ninguna vía de ingreso o de salida a los súbitos impulsos de la desesperación o del frenesí. La abadía estaba ampliamente aprovisionada. Con precauciones semejantes, los cortesanos podían desafiar el contagio. Que el mundo exterior se las arreglara por su cuenta; entretanto era una locura afligirse. El príncipe había reunido todo lo necesario para los placeres. Había bufones, improvisadores, bailarines y músicos; había hermosura y vino. Todo eso y la seguridad estaban del lado de adentro. Afuera estaba la Muerte Roja.

Al cumplirse el quinto o sexto mes de su reclusión, y cuando la peste hacía los más terribles estragos, el príncipe Próspero ofreció a sus mil amigos un baile de máscaras de la más insólita magnificencia.

Aquella mascarada era un cuadro voluptuoso, pero permitan que antes les describa los salones donde se celebraba. Eran siete -una serie imperial de estancias-. En la mayoría de los palacios, la sucesión de salones forma una larga galería en línea recta, pues las dobles puertas se abren hasta adosarse a las paredes, permitiendo que la vista alcance la totalidad de la galería. Pero aquí se trataba de algo muy distinto, como cabía esperar del amor del príncipe por lo extraño. Las estancias se hallaban dispuestas con tal irregularidad que la visión no podía abarcar más de una a la vez. Cada veinte o treinta metros había un brusco recodo, y en cada uno nacía un nuevo efecto. A derecha e izquierda, en mitad de la pared, una alta y estrecha ventana gótica daba a un corredor cerrado que seguía el contorno de la serie de salones. Las ventanas tenían vitrales cuya coloración variaba con el tono dominante de la decoración del aposento. Si, por ejemplo, la cámara de la extremidad oriental tenía tapicerías azules, vívidamente azules eran sus ventanas. La segunda estancia ostentaba tapicerías y ornamentos purpúreos, y aquí los vitrales eran púrpura. La tercera era enteramente verde, y lo mismo los cristales. La cuarta había sido decorada e iluminada con tono naranja; la quinta, con blanco; la sexta, con violeta. El séptimo aposento aparecía completamente cubierto de colgaduras de terciopelo negro, que abarcaban el techo y la paredes, cayendo en pliegues sobre una alfombra del mismo material y tonalidad. Pero en esta cámara el color de las ventanas no correspondía a la decoración. Los cristales eran escarlata, tenían un color de sangre.

A pesar de la profusión de ornamentos de oro que aparecían aquí y allá o colgaban de los techos, en aquellas siete estancias no había lámparas ni candelabros. Las cámaras no estaban iluminadas con bujías o arañas. Pero en los corredores paralelos a la galería, y opuestos a cada ventana, se alzaban pesados trípodes que sostenían un ígneo brasero cuyos rayos se proyectaban a través de los cristales teñidos e iluminaban brillantemente cada estancia. Producían en esa forma multitud de resplandores tan vivos como fantásticos. Pero en la cámara del poniente, la cámara negra, el fuego que a través de los cristales de color de sangre se derramaba sobre las sombrías colgaduras, producía un efecto terriblemente siniestro, y daba una coloración tan extraña a los rostros de quienes penetraban en ella, que pocos eran lo bastante audaces para poner allí los pies. En este aposento, contra la pared del poniente, se apoyaba un gigantesco reloj de ébano. Su péndulo se balanceaba con un resonar sordo, pesado, monótono; y cuando el minutero había completado su circuito y la hora iba a sonar, de las entrañas de bronce del mecanismo nacía un tañido claro y resonante, lleno de música; mas su tono y su énfasis eran tales que, a cada hora, los músicos de la orquesta se veían obligados a interrumpir momentáneamente su ejecución para escuchar el sonido, y las parejas danzantes cesaban por fuerza sus evoluciones; durante un momento, en aquella alegre sociedad reinaba el desconcierto; y, mientras aún resonaban los tañidos del reloj, era posible observar que los más atolondrados palidecían y los de más edad y reflexión se pasaban la mano por la frente, como si se entregaran a una confusa meditación o a un ensueño. Pero apenas los ecos cesaban del todo, livianas risas nacían en la asamblea; los músicos se miraban entre sí, como sonriendo de su insensata nerviosidad, mientras se prometían en voz baja que el siguiente tañido del reloj no provocaría en ellos una emoción semejante. Mas, al cabo de sesenta y tres mil seiscientos segundos del Tiempo que huye, el reloj daba otra vez la hora, y otra vez nacían el desconcierto, el temblor y la meditación.

Pese a ello, la fiesta era alegre y magnífica. El príncipe tenía gustos singulares. Sus ojos se mostraban especialmente sensibles a los colores y sus efectos. Desdeñaba los caprichos de la mera moda. Sus planes eran audaces y ardientes, sus concepciones brillaban con bárbaro esplendor. Algunos podrían haber creído que estaba loco. Sus cortesanos sentían que no era así. Era necesario oírlo, verlo y tocarlo para tener la seguridad de que no lo estaba. El príncipe se había ocupado personalmente de gran parte de la decoración de las siete salas destinadas a la gran fiesta, su gusto había guiado la elección de los disfraces.

Grotescos eran éstos, a no dudarlo. Reinaba en ellos el brillo, el esplendor, lo picante y lo fantasmagórico. Veíanse figuras de arabesco, con siluetas y atuendos incongruentes, veíanse fantasías delirantes, como las que aman los locos. En verdad, en aquellas siete cámaras se movía, de un lado a otro, una multitud de sueños. Y aquellos sueños se contorsionaban en todas partes, cambiando de color al pasar por los aposentos, y haciendo que la extraña música de la orquesta pareciera el eco de sus pasos.

Mas otra vez tañe el reloj que se alza en el aposento de terciopelo. Por un momento todo queda inmóvil; todo es silencio, salvo la voz del reloj. Los sueños están helados, rígidos en sus posturas. Pero los ecos del tañido se pierden -apenas han durado un instante- y una risa ligera, a medias sofocada, flota tras ellos en su fuga. Otra vez crece la música, viven los sueños, contorsionándose al pasar por las ventanas, por las cuales irrumpen los rayos de los trípodes. Mas en la cámara que da al oeste ninguna máscara se aventura, pues la noche avanza y una luz más roja se filtra por los cristales de color de sangre; aterradora es la tiniebla de las colgaduras negras; y, para aquél cuyo pie se pose en la sombría alfombra, brota del reloj de ébano un ahogado resonar mucho más solemne que los que alcanzan a oír las máscaras entregadas a la lejana alegría de las otras estancias.

Congregábase densa multitud en estas últimas, donde afiebradamente latía el corazón de la vida. Continuaba la fiesta en su torbellino hasta el momento en que comenzaron a oírse los tañidos del reloj anunciando la medianoche. Calló entonces la música, como ya he dicho, y las evoluciones de los que bailaban se interrumpieron; y como antes, se produjo en todo una cesacion angustiosa. Mas esta vez el reloj debía tañer doce campanadas, y quizá por eso ocurrió que los pensamientos invadieron en mayor número las meditaciones de aquellos que reflexionaban entre la multitud entregada a la fiesta. Y quizá también por eso ocurrió que, antes de que los últimos ecos del carrillón se hubieran hundido en el silencio, muchos de los concurrentes tuvieron tiempo para advertir la presencia de una figura enmascarada que hasta entonces no había llamado la atención de nadie. Y, habiendo corrido en un susurro la noticia de aquella nueva presencia, alzóse al final un rumor que expresaba desaprobación, sorpresa y, finalmente, espanto, horror y repugnancia. En una asamblea de fantasmas como la que acabo de describir es de imaginar que una aparición ordinaria no hubiera provocado semejante conmoción. El desenfreno de aquella mascarada no tenía límites, pero la figura en cuestión lo ultrapasaba e iba incluso más allá de lo que el liberal criterio del príncipe toleraba. En el corazón de los más temerarios hay cuerdas que no pueden tocarse sin emoción. Aún el más relajado de los seres, para quien la vida y la muerte son igualmente un juego, sabe que hay cosas con las cuales no se puede jugar. Los concurrentes parecían sentir en lo más hondo que el traje y la apariencia del desconocido no revelaban ni ingenio ni decoro. Su figura, alta y flaca, estaba envuelta de la cabeza a los pies en una mortaja. La máscara que ocultaba el rostro se parecía de tal manera al semblante de un cadáver ya rígido, que el escrutinio más detallado se habría visto en dificultades para descubrir el engaño. Cierto, aquella frenética concurrencia podía tolerar, si no aprobar, semejante disfraz. Pero el enmascarado se había atrevido a asumir las apariencias de la Muerte Roja. Su mortaja estaba salpicada de sangre, y su amplia frente, así como el rostro, aparecían manchados por el horror escarlata.

Cuando los ojos del príncipe Próspero cayeron sobre la espectral imagen (que ahora, con un movimiento lento y solemne como para dar relieve a su papel, se paseaba entre los bailarines), convulsionóse en el primer momento con un estremecimiento de terror o de disgusto; pero inmediatamente su frente enrojeció de rabia.

-¿Quién se atreve -preguntó, con voz ronca, a los cortesanos que lo rodeaban-, quién se atreve a insultarnos con esta burla blasfematoria? ¡Apodérense de él y desenmascárenlo, para que sepamos a quién vamos a ahorcar al alba en las almenas!

Al pronunciar estas palabras, el príncipe Próspero se hallaba en el aposento del este, el aposento azul. Sus acentos resonaron alta y claramente en las siete estancias, pues el príncipe era hombre temerario y robusto, y la música acababa de cesar a una señal de su mano.

Con un grupo de pálidos cortesanos a su lado hallábase el príncipe en el aposento azul. Apenas hubo hablado, los presentes hicieron un movimiento en dirección al intruso, quien, en ese instante, se hallaba a su alcance y se acercaba al príncipe con paso sereno y cuidadoso. Mas la indecible aprensión que la insana apariencia de enmascarado había producido en los cortesanos impidió que nadie alzara la mano para detenerlo; y así, sin impedimentos, pasó éste a un metro del príncipe, y, mientras la vasta concurrencia retrocedía en un solo impulso hasta pegarse a las paredes, siguió andando ininterrumpidamente pero con el mismo y solemne paso que desde el principio lo había distinguido. Y de la cámara azul pasó la púrpura, de la púrpura a la verde, de la verde a la anaranjada, desde ésta a la blanca y de allí, a la violeta antes de que nadie se hubiera decidido a detenerlo. Mas entonces el príncipe Próspero, enloquecido por la ira y la vergüenza de su momentánea cobardía, se lanzó a la carrera a través de los seis aposentos, sin que nadie lo siguiera por el mortal terror que a todos paralizaba. Puñal en mano, acercóse impetuosamente hasta llegar a tres o cuatro pasos de la figura, que seguía alejándose, cuando ésta, al alcanzar el extremo del aposento de terciopelo, se volvió de golpe y enfrentó a su perseguidor. Oyóse un agudo grito, mientras el puñal caía resplandeciente sobre la negra alfombra, y el príncipe Próspero se desplomaba muerto. Poseídos por el terrible coraje de la desesperación, numerosas máscaras se lanzaron al aposento negro; pero, al apoderarse del desconocido, cuya alta figura permanecía erecta e inmóvil a la sombra del reloj de ébano, retrocedieron con inexpresable horror al descubrir que el sudario y la máscara cadavérica que con tanta rudeza habían aferrado no contenían ninguna figura tangible.

Y entonces reconocieron la presencia de la Muerte Roja. Había venido como un ladrón en la noche. Y uno por uno cayeron los convidados en las salas de orgía manchadas de sangre y cada uno murió en la desesperada actitud de su caida. Y la vida del reloj de ébano se apagó con la del último de aquellos alegres seres. Y las llamas de los trípodes expiraron. Y las tinieblas, y la corrupción, y la Muerte Roja lo dominaron todo.




Edgar Allan Poe
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